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9/01/2026

El osario de Cirene: un hallazgo real, un sello que la Autoridad de Antigüedades de Israel NUNCA estampó

BS"D

Hace unos días me llegó, con ese entusiasmo que solo produce lo que parece una prueba definitiva, un artículo del biblista Gerardo Jofre sobre un osario. Me lo enviaron como quien entrega un expediente cerrado: aquí está, decían, la confirmación arqueológica de Marcos 15:21, certificada nada menos que por la Autoridad de Antigüedades de Israel. Empecé a leerlo con la guardia baja que uno reserva para las buenas noticias, porque, seamos honestos, el hallazgo que describe sí existe, y durante un momento pensé que tendría que corregir muy poco. Terminé la lectura con una pregunta mucho más incómoda que la que el artículo pretendía instalar en mí: ¿desde cuándo un organismo gubernamental de antigüedades extiende certificados de autenticidad teológica?

Vayamos por partes, porque la honestidad exige separar lo que es cierto de lo que se inventó encima.

Lo cierto: el 10 de noviembre de 1941, en una cueva funeraria del valle del Cedrón, al sureste de la Ciudad Vieja de Jerusalén, Eleazar Sukenik —el mismo que años después identificaría los primeros Rollos del Mar Muerto— y su joven asistente Nahman Avigad excavaron una tumba familiar del siglo I con once גְּלוֹסְקְמָאוֹת (gluskama'ot, término mishnáico para los osarios u "cajas de huesos"; cf. Mishná Moed Katán 1:5 y Semajot 12–13, donde la práctica del לִקּוּט עֲצָמוֹת, likut atzamot o "recolección de huesos" tras la descomposición del cuerpo, se describe como costumbre judía corriente del Segundo Templo). Nueve de esos once osarios llevaban inscripción. Uno de ellos dice, dos veces, en griego: Ἀλέξανδρος Σίμωνος (Alexandros Símōnos, "Alejandro, hijo de Simón"). Avigad publicó el informe arqueológico completo en el Israel Exploration Journal en 1962 (Avigad, 1962). Todo esto es verificable, y yo mismo lo verifiqué antes de escribir esta línea.



Ahora la parte donde empieza el problema. En la tapa de ese mismo osario hay una segunda inscripción, esta en escritura hebrea/aramea, que suele transcribirse como קרני״ת (QRNYT). Algunos epigrafistas —no todos, y con reservas explícitas— han propuesto que se trata de una forma defectuosa de "cireneo". Tom Powers, quien dedicó un artículo extenso al tema en Biblical Archaeology Review, escribió que, dado lo poco común del nombre Alejandro, la coincidencia con la relación filial que describe Marcos "parece muy probable" (Powers, 2003, p. 51). Tal Ilan, autora del léxico onomástico de referencia para el judaísmo de este período, coincidió en que la identificación era "muy probable" a partir de su propio análisis estadístico de nombres (Ilan, 2002). Hasta aquí, tenemos una hipótesis seria, defendida por especialistas serios, con matices que ellos mismos se cuidan de señalar.

Y aquí está el chiste que uno no puede dejar pasar antes de seguir, porque si no lo digo ahora se me va a olvidar la próxima vez que alguien me traiga un "Simón" como prueba de algo: según el propio léxico de Ilan —el que Jofre cita para respaldar su artículo—, Shimón era, junto con Yosef, el nombre masculino más frecuente entre los judíos de Palestina en el siglo I (Bauckham, 2017). Es decir, encontrar un "Simón" en una tumba judía de esa época es aproximadamente tan sorprendente como encontrar un "José García" en un directorio telefónico mexicano. Lo que hace interesante este caso no es el nombre Simón —eso no prueba nada por sí solo— sino la combinación con "Alejandro" (mucho menos común) y con Cirene. Y aun así, insisto, "muy probable" no es lo mismo que "confirmado".

Porque el propio Avigad, el hombre que sacó ese osario de la tierra con sus manos y publicó el informe científico que todo el mundo cita para "probar" el hallazgo, expresó dudas explícitas sobre si el Simón del osario podía identificarse con el Simón de Cirene del Evangelio (Avigad, 1962; Tabor, 2021). Quiero que te detengas un segundo en esto, porque es el tipo de silencio textual que vale más que cualquier grito: la fuente primaria que sostiene todo el edificio del argumento —el excavador mismo— nunca llegó a la certeza que Jofre le atribuye. Y Richard Bauckham, un biblista cristiano que dedicó buena parte de su carrera a defender que los nombres de los Evangelios reflejan testigos oculares reales (Bauckham, 2017), tampoco necesita —ni reclama— este osario específico para sostener su tesis; su argumento es estadístico y opera sobre el conjunto de nombres de los cuatro Evangelios, no sobre una sola caja de huesos hallada en 1941. Jens Schröter, en su réplica académica a Bauckham, fue más lejos: la coincidencia de nombres, dijo, puede explicarse simplemente porque los autores evangélicos "dieron a sus narrativas un efecto realista" (Schröter, 2008), y estudios posteriores han cuestionado incluso la metodología estadística sobre la que descansa la comparación (Gregor & Blais, 2023). Ni el excavador, ni el biblista cristiano que más ganaría con la certeza, ni la crítica académica que le respondió, llegan a donde Jofre dice que llegó "la IAA".

Porque no llegó a ninguna parte. No existe declaración de la Autoridad de Antigüedades de Israel catalogando este osario como prueba de que el Nuevo Testamento "refleja fielmente la demografía real... de la Jerusalén de la época de Yeshú". Y aquí no hace falta ni siquiera entrar en la epigrafía para desmontarlo: basta la cronología. La Autoridad de Antigüedades de Israel (Israel Antiquities Authority) se fundó en 1990, como sucesora del Departamento de Antigüedades y Museos de Israel, creado a su vez en 1948. En noviembre de 1941, cuando Sukenik y Avigad bajaron a esa cueva, la autoridad competente era el Departamento de Antigüedades del Mandato Británico de Palestina. La institución que el artículo invoca como garante de una revelación teológica no solo nunca hizo esa declaración: no existía. Es, literalmente, imposible que lo dijera.

Vale la pena preguntarse qué clase de argumento necesita inventarle una firma a una autoridad que no había nacido todavía. Y esa es la implicación con la que quiero dejarte, más que con una conclusión cerrada. Nuestra tradición, la que este proyecto intenta honrar, tiene un mandamiento muy concreto sobre esto: לֹא־תַעֲנֶה בְרֵעֲךָ עֵד שָׁקֶר ("no darás contra tu prójimo falso testimonio", Shemot 20:13; cf. Devarim 5:17). No estoy hablando en sentido figurado. Atribuirle a un organismo del Estado de Israel palabras que nunca pronunció, para hacer que un hallazgo arqueológico real cargue con un peso teológico que ni sus propios excavadores le dieron, es exactamente eso: עֵד שָׁקֶר, testimonio falso, puesto en boca de un tercero que ni siquiera puede defenderse porque no fue consultado. La ironía debería incomodar a cualquiera que se presente citando la Torá, el Evangelio o cualquier otra fuente que diga sostener: uno no defiende un texto sagrado inventándole un sello a una institución secular. Se lo pide prestado sin permiso, y con la esperanza de que nadie vaya a preguntar cuándo nació.

Referencias

Avigad, N. (1962). A depository of inscribed ossuaries in the Kidron Valley. Israel Exploration Journal, 12(1), 1–12.

Bauckham, R. (2017). Jesus and the eyewitnesses: The Gospels as eyewitness testimony (2.ª ed.). Eerdmans.

Gregor, K., & Blais, B. (2023). Is name popularity a good test of historicity? Journal for the Study of the Historical Jesus, 21(3), 171–202.

Ilan, T. (2002). Lexicon of Jewish names in late antiquity: Part I, Palestine 330 BCE–200 CE. J. C. B. Mohr.

Powers, T. (2003). Treasures in the storeroom: Family tomb of Simon of Cyrene. Biblical Archaeology Review, 29(4), 46–51, 59.

Schröter, J. (2008). The Gospels as eyewitness testimony? A critical examination of Richard Bauckham's Jesus and the Eyewitnesses. Journal for the Study of the New Testament, 31(2), 195–209.

Tabor, J. D. (2021). Has Simon of Cyrene's ossuary been found—and largely forgotten? jamestabor.com.