Cómo se desmonta un argumento
El Trinitario abre con hinné amrú jajaméinu zijronám li’brajá: «he aquí que nuestros sabios, de bendita memoria, dijeron». Ningún cristiano de cuna habla así: no sabe quiénes son esos sabios y no los bendeciría. Es la fórmula de quien creció en la sinagoga. Shem Tov ha puesto en boca de su «Trinitario» el dialecto de un mumar, y lo hace a propósito: su lector es un judío que va a oír estos argumentos de labios de un converso, o de sus panfletos, y tiene que reconocerlos como lo que son, talmudismo reutilizado. Fíjate además en lo que no ocurre: el Unitario, al replicar, tampoco discute el vocabulario. Dice JaZ"aL, «nuestros sabios», con la misma naturalidad. Los dos se pelean dentro de la misma casa, y ese es el drama de debatir con un mumar: no hay terreno neutral, porque el adversario conoce todas las llaves.
Pasemos de la voz al andamiaje. Para quien no maneja el derash, conviene verlas desnudas. La primera es un juego de palabras: jazir (חזיר), «cerdo», suena como le-hajazir (להחזיר), «devolver» (hif‘il de ח-ז-ר), y de ahí el dicho que el mumar atribuye al capítulo Jéleq: «¿por qué se llama jazir? Porque el Santo, bendito sea, ha de devolvérnoslo». La inferencia es de una elegancia siniestra: si algún día Di’s «devuelve» el cerdo, hay un día en que lo permite, y por tanto los preceptos son temporales. La segunda pieza es Dt 6:11, «casas llenas de todo bien», que la glosa talmúdica identifica con kutlei de-jazirei. El pasaje de Julín 17a razona así:
אֵימַת? אִילֵּימָא בְּשֶׁבַע שֶׁכִּבְּשׁוּ – הַשְׁתָּא דָּבָר טָמֵא אִישְׁתְּרִי לְהוּ, דִּכְתִיב: ״וּבָתִּים מְלֵאִים כׇּל טוּב״, וְאָמַר רַבִּי יִרְמְיָה בַּר אַבָּא אָמַר רַב: כֻּתְלֵי דַּחֲזִירֵי – בְּשַׂר נְחִירָה מִבַּעְיָא?
«¿Cuándo [se plantea la duda]? Si dijeras que en los siete años de la conquista: ahora que hasta lo impuro les fue permitido —pues está escrito “y casas llenas de todo bien”, y dijo R’ Yirmeyá bar Abá en nombre de Rav: kutlei de-jazirei—, ¿hace falta siquiera preguntar por la carne de nejirá?»[16]
La tercera pieza es R. Yehoshúa ben Leví en Avodá Zará 3a:
הַיּוֹם לַעֲשׂוֹתָם וְלֹא לְמָחָר לַעֲשׂוֹתָם, הַיּוֹם לַעֲשׂוֹתָם וְלֹא הַיּוֹם לִיטּוֹל שָׂכָר
«“Hoy” para cumplirlos, y no “mañana” para cumplirlos; “hoy” para cumplirlos, y no “hoy” para cobrar el salario.»[17]
Con las tres, el mumar arma su tesis: hay un «mañana» mesiánico sin preceptos, un permiso del cerdo ya anunciado en el Talmud, y un argumento de «sabiduría suprema» (derej ha-jojmá ha-ʿelyoná) según el cual lo que cae bajo el «bien» no puede prohibirse para siempre. Es un andamiaje inteligente. Y está construido con maderos del Talmud.
Contra ese andamiaje, Shem Tov responde en tres tiempos, y empieza por lo más sobrio, que por eso solemos subestimar. Los sabios que citas vivieron pocos años después de la destrucción del Segundo Templo y exponían estas cosas para un tiempo que les seguiría. Es un argumento de género literario: la hagadá escatológica habla en futuro, y un futuro anunciado no es una sentencia dictada. Antes de discutir qué significa «devolver», le quita al mumar la jurisdicción.
Su segunda respuesta cambia de plano. No discute si el cerdo se «devuelve»: discute qué es el cerdo. «Nuestros sabios llamaron jazir a Edom». La fuente es el Midrash Bereshit Rabá 65:1, que, al explicar por qué el salmista compara a Roma con el jabalí del bosque (Sal 80:14), responde con una imagen que a un lector mumar le resulta difícil de oír:
מָה חֲזִיר הַזֶּה בְּשָׁעָה שֶׁהוּא רוֹבֵץ הוּא מְפַשֵּׁט אֶת טְלָפָיו כְּלוֹמַר שֶׁאֲנִי טָהוֹר, כָּךְ מַלְכוּת הַזֹּאת הָרְשָׁעָה גּוֹזֶלֶת וְחוֹמֶסֶת נִרְאֵת כְּאִלּוּ מַצַּעַת אֶת הַבִּימָה
«Así como este cerdo, cuando se echa, extiende sus pezuñas como diciendo “yo soy puro”, así este reino malvado roba y expolia y aparenta tender el estrado [de la justicia].»[18]
Dos precisiones de honestidad. La primera: la identificación no es unánime. Rashi, sobre el mismo versículo, lee «el jabalí del bosque» como Amalec, y el Ritva, en Kidushin 49b, registra que algunos así lo interpretaron antes de recordar que en la hagadá el nombre pertenece a Edom.[19] Shem Tov no inventa: elige, entre dos líneas rabínicas, la que le sirve. La segunda: esa elección es un acto de método, y él mismo lo declaró en su prólogo. Importa el efecto. En la polémica medieval Edom es la cristiandad. Entonces el cerdo del midrash que el mumar esgrime para legitimar su mesa resulta ser el nombre del propio mumar y de su nueva comunidad. «Devolver el cerdo a Israel» deja de significar «devolver el jamón» y pasa a significar «devolver a Edom». Y Bereshit Rabá añade, de regalo, el retrato de la hipocresía: el cerdo que enseña la pezuña hendida para proclamarse puro. Para un lector cristiano de Mt 15:7, donde Yeshú llama «hipócritas» (ὑποκριταί) a los fariseos, la ironía es casi insoportable. La ironía, conviene decirlo, es del texto, no mía.[20]
Hay además un matiz de vocabulario que, a mi juicio, refuerza la lectura de Shem Tov sin que él lo explicite. El hifil הֶחֱזִיר, «devolver», es en el hebreo rabínico el verbo de la restitución: se «devuelve» lo robado (cf. la legislación sobre el robo en m. Bava Qamma 9), se «devuelve» la corona a su estado primero (mejazir ʿatará le-yoshná, la fórmula que Recanati cita de Vaicrá Rabá, como verás más abajo). Y mira lo que Bereshit Rabbá dice del cerdo en ese mismo párrafo: es el reino que roba y expolia (gozélet ve-jomeset). El nombre jazir no promete entonces la rehabilitación de un manjar, sino la devolución de lo robado: el ladrón que, al final de los tiempos, restituye a su dueño. En ese esquema el cerdo no es un objeto que cambia de estatuto, sino un sujeto que cambia de conducta. El mumar necesitaba que «devolver» significara «permitir»; el verbo, en su ecología natural, significa «restituir».
Después viene el aparato bíblico, y la filología empieza a trabajar. Shem Tov cita Zacarías 14:16: «todo el que quede de todas las naciones que vengan a/contra Jerusalén». El manuscrito vacila entre על y אל, y la nota 9 registra la oscilación. Yo añado que el texto masorético lee על —«los que vinieron contra Jerusalén»—, y que esa preposición hostil es justo la que su argumento necesita: Edom estuvo entre los congregados contra Jerusalén (Sal 137:7, «el día de Jerusalén»; cf. Zac 14:2, אספתי את כל הגוים אל ירושלם למלחמה), sobrevive, sube año tras año a prosternarse y a celebrar la fiesta de las Cabañas. Zac 14:19 fija incluso el castigo para el que no suba: «ésta será la culpa de Egipto y la culpa de todas las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las Cabañas».
La arquitectura es de relojero. Abdías 21 («suban salvadores al monte Sión a juzgar el monte de Esaú, y sea del Señor la realeza») y Zac 14:9 («y será el Señor rey sobre toda la tierra») se funden en el manuscrito, y Gn 27:40, «y a tu hermano servirás», cierra el círculo: la bendición de Isaac a Esaú. Aquí hay un detalle que no quiero dejar pasar. El mumar, lector de la Vulgata, tenía a mano otro texto sobre los dos hermanos, Gn 25:23, maior serviet minori, «el mayor servirá al menor», que la tradición cristiana, desde Pablo (Ro 9:12, ὁ μείζων δουλεύσει τῷ ἐλάσσονι), lee como la servidumbre de Israel ante la Iglesia. Shem Tov no responde con 25:23: le opone 27:40, la bendición pronunciada sobre Esaú. Es una réplica de oficio: contra el oráculo del vientre materno, el oráculo del lecho de Isaac. De ahí la conclusión: los preceptos no se abolen en los días del Mesías, «puesto que todos [los pueblos] subirán… a celebrar la fiesta de las Cabañas». El cerdo vuelve, sí. Vuelve a la suká.
Isaías 66 confirma la arquitectura desde el otro flanco, y es un hallazgo que me alegró más de lo que debería. El versículo 17 condena a los que comen basar ha’jazir, «carne de cerdo», el reptil y el ratón: yajdav yasufu, «juntos perecerán». Seis versículos después, en el mismo capítulo, el profeta describe el mundo futuro: vehayá miday jódesh be-jodshó umiday Shabat be-Shabató yavó kol basar lehishtajavot lefanay, «y será que de luna nueva en luna nueva y de sábado en sábado vendrá toda carne a postrarse ante mí» (Is 66:23). Fíjate en el juego: basar, «carne», aparece en las dos puntas del capítulo. En el versículo 17 designa lo que se come y perece; en el 23, a la humanidad que sube a guardar el sábado y el novilunio. El mismo capítulo que anuncia el fin de los que comen basar ha-jazir convoca a kol basar —toda la humanidad, Edom incluido— a observar, en el tiempo mesiánico, el calendario de la Toráh. Shem Tov ofrece la suká de Zacarías; Isaías ofrece el sábado y la luna nueva. Para ganar, el mumar tendría que explicar por qué, si los preceptos ya no rigen, el profeta del mundo futuro sigue prescribiéndolos a toda carne.
La tercera respuesta es la que más me interesa. El mumar había dicho que lo que está comprendido en la categoría de «bien» (kelal tov ejad) no es propio de la sabiduría suprema prohibirlo para siempre. Shem Tov contesta de tres maneras. La primera es histórica: en la conquista, el permiso recayó sobre los bienes de los pueblos vencidos, y el versículo enumera riqueza (ʿosher), a saber, casas, cisternas, viñas y olivares: no es una norma alimentaria. La segunda es halájica: lo permitido fue hora’at sha‘á, una disposición circunstancial durante la guerra. Aquí corre el desacuerdo entre Maimónides y Najmánides que recoge Rabenu Bajyé: Maimónides (Hiljot Melajim 8:1) limita el permiso a las tropas hambrientas, y Najmánides lo extiende al botín tras la conquista de las ciudades.[21] Shem Tov no escoge: recorre los dos caminos. La tercera es la que le da su firma.
«El cerdo, aun siendo malo como alimento, es bueno para otra cosa»: para provecho o medicina, para ungirse con su grasa. Esa frase es una pieza de lógica disfrazada de nota al pie. En el hebreo escolástico kelal es el género, la categoría que subsume especies, el término que Shem Tov explicó a sus alumnos en el comentario a la Isagoge de Porfirio. Lo que hace aquí es lo que enseña Porfirio y lo que Aristóteles llama homonimia: «bueno» no es un género que se predique unívocamente de todas sus especies. «Bueno para comer» y «bueno para ungir» no son especies de un mismo género; son usos distintos de una misma palabra. De la utilidad ungüentaria del cerdo no se sigue su idoneidad alimentaria. Y entra el médico: el comentarista del Canon de Avicena sabe qué lugar tenía la grasa porcina como excipiente de ungüentos, y su concesión («malo como alimento») coincide con la razón que Maimónides da en la Guía de los perplejos III, 48. Es una concesión calculada: acepta del adversario lo que no le cuesta, y se queda con la categoría.[23]
Conviene leer completa la razón de Maimónides, porque Shem Tov la da por sabida y es la que sostiene su concesión. En la Guía de los perplejos III, 48, Maimónides establece el principio general —los alimentos prohibidos son nocivos para el cuerpo— y se detiene en el cerdo con una dureza que sorprende en quien suele hablar de la Torá con mesura. Reproduzco el pasaje en la versión hebrea moderna y luego en el original judeoárabe, transcrito en letras hebreas, con las lecturas editoriales entre paréntesis y corchetes:
הכלל: המאכלים האסורים רעים לגוף
ואומר, שכל המאכלים שאסרה עלינו התורה – תזונתם של כולם מגונה. ואין במה שנאסר עלינו מה שאפשר לחשוב בטעות שאין בו נזק פרט לחזיר ולחֵלב. ואין הדבר כן, (חזיר) כי החזיר לח יותר מן הראוי ורבה בו הפסולת, והתורה תיעבה אותו בעיקר משום גודל טינופו והיותו ניזון מן הטינופת. ידוע לך שהתורה הקפידה שלא יראו זיהומים אפילו בשדה, במחנה, וכל שכן בתוך הערים. ואילו היו ניזונים מחזיר היו נעשים השווקים, ואף הבתים, מטונפים יותר מבית הכסא, כמו שאתה רואה בארצות הפרנקים (=אירופה הנוצרית) היום. ידועים לך דבריהם ז"ל: "פי חזיר – כצואה עוברת דָּאמֵי (=דומה)" (בבלי ברכות כה,א).
«El principio: los alimentos prohibidos son perjudiciales para el cuerpo. Digo que todos los alimentos que la Toráh nos prohibió son, en su nutrición, reprobables; y entre lo que se nos prohibió no hay nada de lo que se pueda pensar, equivocadamente, que no causa daño, salvo el cerdo y la grasa. Y no es así: el cerdo es más húmedo de lo debido y abunda en residuos, y la Torá lo abominó sobre todo por su enorme inmundicia y por alimentarse de inmundicia. Sabes que la Torá cuidó de que no se vieran suciedades ni siquiera en el campo, en el campamento, y con mayor razón dentro de las ciudades. Y si la gente se alimentara de cerdo, los mercados, e incluso las casas, se volverían más sucios que una letrina, como ves hoy en las tierras de los francos (= la Europa cristiana). Conoces las palabras de nuestros sabios, de bendita memoria: “La boca del cerdo es como excremento que pasa” (dāmē, “semeja”) (b. Berajot 25a).»
Y ahora el original judeoárabe:


פאקול, אן כל מא חרמתה אלשריעה עלינא מן אלמאכל כלהא גד'א(ו)הא מד'מום, וליס פי מא חרם עלינא מא יוהם אנה לא צ'רר פיה אלא אלכ'נזיר ואלשחם, וליס אלאמר כד'לך, פאן אלכ'נזיר ארטב ממא ינבגי וכת'יר אלפצ'לאת, ואכת'ר מא כרהתה אלשריעה (לכת'רה')[לשדה'] קד'ארתה ואגתד'א(י)ה באלאקד'אר, וקד עלמת משאחחה' אלשריעה [עלי] רויה' אלאוסאך' ולו פי אלפחץ פי אלמעסכר פכיף פי דאכ'ל אלמדן, ולו אתכ'ד'ת אלכ'נאזיר גד'א(א) לצארת אלאסואק בל אלביות אקד'ר מן בית הכסא כמא תרי בלאד אלפרנג' אלאן, קד עלמת קולהם ז"ל פי חזיר כצואה עוברת ד[א]מי. וכד'לך שחום אלבט[ו]ן תשבע ותפסד אלהצ'ם ותולד דמא בארדא לזג'א, ואלחרק כאן אולי בהא. וכד'לך אלדם ואלמיתה עסרה' אלהצ'ם רדיה' אלגד'א, ומעלום אן אלטרפה תחלת נבלה היא.
فأقول، إن كل ما حرمته الشريعة علينا من المآكل كلها غذاء(و)ها مذموم، وليس فيما حرم علينا ما يوهم أنه لا ضرر فيه إلا الخنزير والشحم، وليس الأمر كذلك، فإن الخنزير أرطب مما ينبغي وكثير الفضلات، وأكثر ما كرهته الشريعة (لكثرة) [لشدة] قذارته واغتذاء(ي)ه بالأقذار، وقد علمت مشاحّة الشريعة [على] رؤية الأوساخ ولو في الفحص في المعسكر فكيف في داخل المدن، ولو اتخذت الخنازير غذاء(ا) لصارت الأسواق بل البيوت أقذر من בית הכסא كما ترى بلاد الفرنج الآن، قد علمت قولهم ז"ל في חזיר כצואה עוברת ד[א]מי. وكذلك شحوم البط[و]ن تشبع وتفسد الهضم وتولد دما باردا لزجا، والحرق كان أولى بها. وكذلك الدم والميتة عسرة الهضم رديئة الغذاء، ومعلوم أن الطرفة תחלת נבלה היא.
«Digo, pues (fa-aqūl), que todos los alimentos que la Ley (al-sharīʿa) nos ha prohibido tienen un nutrimento (ghidhāʾ) nocivo (madhmūm). Y entre lo que se nos ha prohibido no hay nada que dé a entender (yūhim) que carece de perjuicio (ḍarar), salvo el cerdo (khinzīr) y la grasa (shaḥm), pero no es así. Pues el cerdo es más húmedo de lo conveniente y abunda en residuos (faḍalāt). Y lo que más repugnó a la Ley (karihathu) fue la extrema inmundicia (qadhāra) de su naturaleza y el que se alimente (ightidhāʾ) de suciedades (aqdhār). Ya sabes el escrúpulo (mushāḥḥa) de la Ley en que se vean inmundicias (awsākh), incluso en el descampado (al-faḥṣ) dentro del campamento (al-muʿaskar); cuánto más, entonces, dentro de las ciudades. Si se hubiesen adoptado los cerdos como alimento, los mercados, y aun las casas, serían más inmundos que el retrete (bet ha-kisé), como se ve hoy en los países de los francos (bilād al-Faranj). Ya conoces el dicho de nuestros sabios, de bendita memoria (zijronām li-berajá), sobre el cerdo: «el cerdo es como excremento que pasa» (jazir ke-ṣoʾá ʿoveret) [d[ā]mī]. Asimismo, las grasas de las entrañas (shuḥūm al-buṭūn) sacian, estropean la digestión (haḍm) y engendran una sangre fría y viscosa (dam bārid lazij), y quemarlas (al-ḥarq) era lo más apropiado para ellas. Asimismo, la sangre (dam) y la carroña (mayta) son de difícil digestión (ʿusr al-haḍm) y de mal alimento (radīʾat al-ghidhāʾ). Y es sabido que la ṭerefá (ṭerefá, animal desgarrado) es el comienzo de una nevelá (teḥilat nevelá hi, carroña).»
-Maimónides, Guía de los perplejos III, 48 (versión hebrea moderna y original judeoárabe transcrito en caracteres hebreos); Maimónides, Mishné Torá, Hiljot Nizqé Mamón 5:9.
Tres cosas del texto me parecen decisivas. La primera es de fisiología galénica: «más húmedo de lo debido y abundante en residuos» es el vocabulario de los humores, el mismo que manejaba el comentarista de Avicena. La razón es corporal, no simbólica. La segunda es de higiene civil: Maimónides no habla del cerdo en el plato, sino del cerdo en la ciudad. Si la gente se alimentara de él, dice, los mercados y las casas se volverían más inmundos que una letrina. La tercera es la que más me importa para este artículo: señala dónde eso ya ocurre, «como ves hoy en las tierras de los francos», es decir, en la Europa cristiana. Para un sabio judío de Fustat, junto a El Cairo, la ciudad con cerdos no es una hipótesis: es Edom. El cerdo del midrash, el cerdo de la Guía y el cerdo de la mesa de Pamplona confluyen en un mismo mapa.
No es un arrebato de la Guía. En el Mishné Toráh (el Yad ha-Ḥazaqá), Maimónides recoge que los sabios prohibieron criar cerdos en cualquier lugar, y da una razón que no es de pureza ritual sino de policía sanitaria (Hiljot Nizqé Mamón 5:9): מפני שהנזק מרובה ומצוי, «porque el daño es grande y frecuente». Los dos adjetivos, merubé y matsuy, son los de un perito: el daño que ocurre mucho y que ocurre a menudo. Una prohibición cuya razón es el daño no caduca con el calendario, no se disuelve con ningún «mañana» y no pide fe: pide mirar alrededor.
Y aquí hago algo que un medievalista no suele permitirse: dejar que el presente corrobore al Medioevo. En el estado de Yucatán, en México, Greenpeace México ha denunciado que «la producción masiva de cerdos está afectando el agua en Yucatán»; que «el agua residual que sale de las megagranjas porcícolas se filtra directamente por el suelo y llega a los cenotes, contaminando toda su agua de desechos»; y que «las comunidades locales están sufriendo malestares físicos debido a la contaminación del agua». (Greenpeace México, comunicado sobre la producción porcícola y la contaminación del agua de los cenotes en Yucatán, 18 de octubre 2026) La península de Yucatán es una plataforma calcárea sin ríos superficiales, y sus cenotes son el agua de todos: el espacio común, el «mercado» y la «casa» de Maimónides. No quiero forzar la analogía. Maimónides hablaba de cerdos en las calles de las ciudades y de sus desechos; Yucatán, de macroexplotaciones industriales. Pero la estructura es idéntica: el daño no es simbólico, es sanitario, y es grande y frecuente. Que un texto del siglo XII describa con tanta precisión lo que un comunicado del siglo XXI denuncia sobre un acuífero debería hacer pensar a quien presenta la kashrut como superstición y, sobre todo, a quien presenta el cerdo como el gran liberado del Mesías: si la razón de su prohibición es el daño, el mumar necesitaba que el cerdo hubiera dejado de ser dañino. No ha dejado de serlo.
Y aparece aquí un testigo hostil que no pedí. La Vulgata, el texto que el mumar leía en latín, traduce Dt 6:11 domos plenas cunctarum opum, «casas llenas de toda clase de riquezas»: Jerónimo, sin proponérselo, leyó kol tov como ʿosher, que es exactamente la lectura que Shem Tov propone contra el mumar. Los LXX ponen ἀγαθῶν, «bienes», es decir, posesiones. En cambio, para Gn 1:31 —«y vio Di’s todo lo que había hecho, y he aquí que era tov meod»— los LXX usan καλά, y de esa raíz sale 1 Ti 4:4: πᾶν κτίσμα θεοῦ καλόν, «toda criatura de Di’s es buena». Mi lectura, y la presento como lectura, es que el kelal tov ejad del mumar es el reflejo hebreo del καλόν paulino, y que la polisemia de tov desmonta, sin nombrar a Pablo, el argumento de Pablo.[22]
Queda por contestar, para cerrar, la tercera pieza del mumar. Shem Tov desplaza el «mañana» al ʿolam ha-neshamot, el mundo de las almas: hoy se obra, mañana se cobra, y en el Sheol, dice con Qohélet 9:10, «no hay obra, ni razón, ni conocimiento, ni sabiduría». No lo inventa: es la línea del Rashba sobre Nidá 61b, que el Maharal recoge en el Tiferet Yisrael. El dicho mitzvot betelot le-ʿatid la-vo se refiere a la liberación de los preceptos tras la muerte, y Berajot 34b dice de los días del Mesías que no se distinguen de este mundo sino por la sujeción a los reinos:
ומה שאמרו 'מצות בטילות לעתיד לבא', היינו אחר המיתה מיד, בעולם הנשמות … וכל שכן לימות משיחנו, שהרי אמרו (ברכות לד.) 'אין בין עולם הזה לימות משיחנו אלא שעבוד מלכיות בלבד'
«Y lo que dijeron: “los preceptos serán anulados en el porvenir”, se refiere a inmediatamente después de la muerte, en el mundo de las almas […] y con mayor razón en los días de nuestro Mesías, pues dijeron: “no hay diferencia entre este mundo y los días de nuestro Mesías sino la sujeción a los reinos”.»[24]
Y ahora lo que encontré al abrir Avodá Zará 3a: el dicho de R. Yehoshúa ben Leví no está solo. Aparece en una escena en la que las naciones reclaman la Torá y el Santo, bendito sea, les ofrece, en lugar de toda ella, una sola mitzvá «fácil»: suká shemá, «su nombre es suká». Cada uno hace su suká en la azotea; el Santo hace arder el sol de la canícula de Tamuz; y cada uno patea su suká y se va. Es ahí donde la Guemará objeta: «¿y cómo puedes decirles eso? ¿No dijo R’ Yehoshúa ben Leví: “hoy para cumplirlos y no mañana para cumplirlos”?». Respuesta: el Santo, bendito sea, no viene con pretensiones (tarunyá) contra sus criaturas. Léelo despacio. La frase que el mumar usa para decir que en el Mesías ya no hay mitzvot es, en su página de origen, una objeción dentro de una escena en la que se ofrece a las naciones un precepto del futuro, y ese precepto es la suká. Shem Tov, en su segunda respuesta, ha puesto a Edom a celebrar la fiesta de las Cabañas (sukot) con Zacarías 14. No encuentro que él mismo lo diga; es mi lectura. Pero que la suká aparezca en ambos lados es una coincidencia difícil de atribuir al azar.
Un último control, por rigor: ¿hay algún comentarista clásico que lea el dicho del cerdo como permiso? Hasta donde he podido establecer, ninguno. Radbaz, preguntado por esto mismo, lo resuelve por el sentido llano:
וכבר נשאלתי על כיוצא בזה שאמרו ז"ל למה נקרא שמו חזיר שעתיד הקב"ה להחזירו לישראל ולפי הפשט איפשר לתרץ על הדרך אשר כתבתי כי יהיו ישראל אוכלים משמנים כאלו הותר להם בשר חזיר לא שיותר להם בשר חזיר ח"ו
«Y ya se me preguntó por algo semejante, a saber, lo que dijeron nuestros sabios: “¿por qué se llama su nombre jazir? Porque el Santo, bendito sea, ha de devolvérselo a Israel”; y según el sentido llano es posible resolverlo por la vía que escribí: que Israel comerá manjares suculentos como si se les hubiera permitido la carne de cerdo, no que se les permitirá la carne de cerdo, ¡Dios no lo quiera!»[25]
Recanati, citando Vaicrá Rabá, desplaza el sentido hacia el reino:
ובויקרא רבה למה נקרא שמו חזיר שמחזיר עטרה ליושנה. והכוונה היא על הכח שלו שהיא החיה הרביעית שראה דניאל וישוב עם שאר הכחות תחת כח ישראל
«Y en Vaicrá Rabá: ¿por qué se llama su nombre jazir? Porque devuelve la corona a su estado antiguo. Y la intención se refiere a su poder, que es la cuarta bestia que vio Daniel, y volverá, con las demás potencias, bajo el poder de Israel.»[26]
Y un comentario a la hagadá del Séder lo ata incluso a la lechuga amarga de la mesa:
עוד חזרת מלשון חזיר כדכתיב יכרסמנה חזיר מיער. ולמה נקרא שמו חזיר שעתיד להחזיר המלכות למי שהיה במהרה בימינו אמן
«Además, jazéret [la lechuga] viene de jazir, como está escrito “la devasta el jabalí del bosque”. ¿Y por qué se llama su nombre jazir? Porque ha de devolver el reino a quien lo tuvo, pronto en nuestros días, amén.»[27]
Un permiso nunca aparece. Aparece abundancia (Radbaz), aparece la corona que vuelve (Recanati), aparece el reino devuelto (la jazéret del Séder de Pesaj). Aparece, en suma, todo menos lo que el mumar necesitaba.
Hasta aquí, la refutación punto por punto. Pero me queda una incomodidad, y no quiero ocultarla, porque es la que vuelve interesante el debate: ¿era el mumar tan fácil de vencer? Si lees a los contemporáneos, no. Una generación después de Shem Tov, Yosef Albo, el teólogo aragonés que defendió el judaísmo en la disputa de Tortosa (1413-1414), escribe en el Sefer ha-Ikarim (III, 16) unas líneas que cualquier mumar habría subrayado con alegría. Reconoce que de expresiones como ʿolam o juqat ʿolam, «para siempre», no se sigue la eternidad, y pregunta, al cerrar la discusión (qintzé le-milín, como en Job 18:2):
ואף אנו נאמר כי מה המונע שלא נאמר שתבא דת אלהית מתרת קצת אסורים, כמו חלב ודם ושחוטי חוץ
«Y nosotros también diremos: ¿qué impide que venga una ley divina que permita algunas prohibiciones, como la grasa, la sangre y lo sacrificado fuera [del Santuario]?»
Y poco después confiesa:
איני רואה שום ראיה ולא שום הכרח אל שיהיה שורש בפני עצמו לתורה אלהית בכלל ולא לתורת משה בפרט שלא תנוסח התורה ושלא תשתנה
«No veo ninguna prueba ni necesidad de que exista un principio fundamental, propio de la ley divina en general ni de la de Moisés en particular, según el cual la Toráh no sea abrogada ni cambie.»[28]
Albo se apoya en su maestro Hasdai Crescas, el mismo que, según Niclós, negoció entre 1391 y 1400 la entrada en Navarra de los judíos castellano-aragoneses que huían de los motines, y que sostenía que la inmutabilidad no es un fundamento de la fe sino una creencia que debe sostener todo seguidor de la Toráh de Moisés. Léelo con la cabeza de 1379. El debate no enfrentaba una inmutabilidad firme con un converso sofista. Era un debate abierto, dentro del judaísmo más reflexivo, sobre si la Toráh podía en teoría ser abrogada, y el mumar tenía ahí, sin saberlo, un aliado de peso. Por eso la respuesta de Shem Tov es más interesante de lo que parece: no puede apoyarse en un dogma de inmutabilidad que sus propios maestros habrían relativizado. Tiene que ir texto por texto, y lo hace.
Y aquí está lo que más me intriga. La lista de prohibiciones que Albo considera levantables —grasa, sangre, lo sacrificado fuera— no incluye el cerdo. Y su razón es histórica y contingente: esas cosas se prohibieron al principio porque Israel salía de Egipto shetufim ba-ʿavodat ha-shedim, «sumido en el culto de los demonios», y olvidada esa idolatría, el motivo caduca. Compárala con la concesión que Shem Tov hace, casi de pasada, en su tercera respuesta: el cerdo es «malo como alimento». Es la razón de Maimónides en la Guía III, 48: la carne de cerdo es nociva en sí, por su humedad y por la inmundicia de su cría y su alimento. Una prohibición cuya razón es la nocividad intrínseca no caduca cuando termina la idolatría. Shem Tov no pudo conocer la teoría de Albo, pero su concesión funciona, vista desde ella, como una trampa: al admitir que el cerdo es malo para comer, saca al cerdo del único terreno donde incluso la teoría más liberal de la abrogación podría levantarle la prohibición. Parecía un regalo al adversario y era una cerradura.
Una estirpe, dos mesas: la olla de Doña Paloma

Vuelvo a la librería de El Escorial y a Doña Teresa, porque su pregunta quedó abierta y porque su apellido me debía una explicación. Rodríguez-Rivera: cuando seguí ese hilo, la genealogía me llevó a una familia que resume todo este artículo, y que encontré por el camino más improbable. La tradición genealógica de los Ibn Yahya, el clan sefardí que hacía remontar su linaje a la casa de David, identifica a Doña Paloma —la mujer judía de Toledo que se unió en barraganía a Don Fadrique Alfonso de Castilla, maestre de Santiago e hijo bastardo de Alfonso XI— con Yonati bat Gedalyah ben Yahya ha-Zaken. De esa unión nació Alonso Enríquez (1354-1429), primer Almirante Mayor de Castilla, y de él descienden, por Fadrique Enríquez y por Juana Enríquez, el rey Fernando II de Aragón, el Católico. Si la identificación es correcta, la tatarabuela del monarca que firmó con Isabel el edicto de 1492 era una judía de la casa de David. Dejo la prueba documental de esa identificación a los genealogistas, y repito que no afirmo que Doña Teresa pertenezca a esta estirpe. Lo que me interesa es lo que ocurrió después, porque la estirpe se partió, y se partió en la mesa: exactamente el lugar donde Doña Teresa, entre los estantes, me aseguraba que su familia lleva generaciones sin tocar el cerdo.

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Manuscrito del árbol genealógico de Ibn Yahya. 1730. Pergamino ilustrado. Idioma: hebreo. Cortesía de The Jewish Theological Seminary Library, Nueva York, EE. UU. ספרית בית המדרש ללימודי יהדות. |
Conviene precisar qué clase de unión fue. Una barraganía: la convivencia estable y pública, sin bendición, que las Partidas toleraban y cuyos hijos «naturales» podían ser reconocidos y legitimados. No era, como a veces se supone, el recurso de un maestre al que su Orden vedara casarse, porque la de Santiago permitía el matrimonio a sus caballeros con licencia del maestre. Lo que cerraba esa puerta era la diferencia de religión. Y tampoco para la halajá era un matrimonio. El Tur (Even HaEzer 16), que sigue en esto la discusión de Avodá Zará 36b, distingue lo hecho «al modo del matrimonio» (derej ishut), que el Rambam castiga con azotes bíblicos (Mishné Torá, Hiljot Isurei Biá 12:1-13), de la mujer que el hombre «reserva para sí» fuera de él (yijdá lo bizenut), una falta rabínica que el Tur agrava con cuatro prohibiciones. La barraganía se aproxima más a lo segundo. Esa zona intermedia, la mujer exclusiva sin matrimonio formal, dividía a los grandes decisores incluso entre judíos. El Ra’avad (Rabí Abraham de Posquières, m. 1198) objetó al Rambam que solo es kedeshá la mujer disponible para cualquiera: la que se reserva a un solo hombre es la pilegesh del texto bíblico, sin azotes ni prohibición de la Toráh (glosa a Hiljot Ishut 1:4). El Rambam, en cambio, reservaba la pilegesh al rey y se la vedaba al hombre común (Hiljot Melajim 4:4). El Nahmánides (m. 1270) la tenía por lícita en teoría, pero temía que, si se difundía el permiso, condujera a la promiscuidad. La Sheilat Ya’avetz (II:15) analiza toda la disputa. Con todo, ese debate se refería a parejas judías: con un hombre cristiano, el marco seguía siendo el de Avodá Zará 36b. Ninguno de los dos mundos la legitimaba: en Castilla era una convivencia que en la práctica se toleraba con amplitud cuando la mujer era judía, y para la comunidad judía era una transgresión. Al hijo, en cambio, cada mundo lo leía a su modo: para Castilla, un bastardo legitimable; para la halajá, por línea materna, un judío de nacimiento.
Lo que me interesa es lo que ocurrió después, porque la estirpe se partió, y se partió en la mesa: exactamente el lugar donde Doña Teresa, entre los estantes, me aseguraba que su familia lleva generaciones sin tocar el cerdo.
Por un lado quedaron los parientes varones de Yonati, que conservaron su fe y salieron de la Península tras 1492 y 1497; de ellos, según esa misma genealogía, proceden los linajes rabínicos Charlap, Harlap y Don-Yahiya, reasentados en el Imperio otomano, en Europa oriental y finalmente en Erretz Israel. Para ellos la abstención del cerdo se mantuvo como mandato bíblico (Lv 11), a plena luz, sin la carga defensiva del disimulo que caracterizó a sus parientes. Por el otro lado, las ramas que se integraron en la nobleza conversa, entre las que la tradición cita a los Rodríguez-Rivera, pasaron a la Nueva España. Y ahí, en los expedientes del Tribunal del Santo Oficio en España y de México de los siglos XVI y XVII, el rechazo de la carne de cerdo y de la manteca de puerco era el principal «indicador de judaización»: el test de la olla. Si lo que Doña Teresa cuenta de su familia es cierto, su abstención de hoy sería el eco último de ese test.
Lo que esos expedientes revelan es una inventiva del disimulo que me parece la contrapartida exacta del mumar adversario de Shem Tov. El mumar usaba el cerdo como teología; el criptojudío lo usaba como escenografía. Muchos se veían forzados a comprar carne de cerdo o a colgar un pernil a la entrada de la cocina para despejar la sospecha de sirvientes y vecinos soplones. En algunos testimonios procesales los acusados alegaban que echaban trozos de tocino a la olla delante de extraños y luego los retiraban discretamente o evitaban comerlos. Otros recurrían a la excusa médica: ante un banquete público alegaban «humores fríos», problemas de estómago o gota, en el lenguaje galénico de los humores que Shem Tov manejaba como comentarista de Avicena, para no quebrantar en secreto el mandato sin ser denunciados. Y se documentan embutidos y estofados hechos con ave o vacuno picado y muchas especias para imitar el aspecto y el olor de los guisados cristianos de cerdo. Y cuando el disimulo se prolonga durante generaciones, deja de parecerse a un disimulo: se vuelve gusto, se vuelve hábito, se vuelve el «es que a mí el cerdo no me cae bien» con el que, imagino, más de una familia explica sin saberlo lo que sus abuelos tuvieron que explicar con una sartén.
Quiero detenerme en el pernil colgado, porque encierra una simetría que me costó un rato ver. Recuerda la imagen de Bereshit Rabbá 65:1: el cerdo que, echado, extiende las pezuñas como diciendo «yo soy puro», el animal que simula la kashrut. Siglos después, el criptojudío cuelga un jamón para simular la treifut. Roma, en el midrash, es el cerdo que finge ser kasher; el converso secreto es el judío que finge ser cerdero. Un salón de espejos en el que la misma señal alimentaria se lee al derecho en Navarra y al revés en México, y en el que ningún tribunal, ni el del midrash ni el del Santo Oficio, podía mirar dentro de la olla. Y la olla de Doña Teresa, si su historia es cierta, es el último espejo de esa sala.

Y queda el insulto. Marrano guarda, en la Península, una relación evidente con el cerdo, y una de las explicaciones más extendidas lo hace nacer del desprecio popular hacia quienes se abstenían de comer su carne. Entre los descendientes de los anusim circula, en cambio, una relectura que lo reconduce al hebreo y al arameo como marca de resistencia y de fidelidad oculta a la kashrut: etimología popular, desde luego, pero reveladora, porque convierte en blasón lo que el agresor quiso estigma. Hay incluso quien ha divulgado en video cómo el cerdo y los embutidos se volvieron, en la Península del siglo XV, instrumento social de demostración de fe cristiana y de sospecha inquisitorial.[29]
Esa distinción, entre quien usa el cerdo para creer y quien lo usa para sobrevivir, es la que el mumar de 2026 ya no necesita trazar, porque nadie lo persigue. Y es, sospecho, la que Doña Teresa lleva sin saberlo en su cocina: una abstención heredada sin la teología que alguna vez la explicó. De modo que la pregunta con la que salí de la librería —cómo justificaban comerlo los mumarim— tenía una pregunta hermana que solo entonces entendí: cómo se sostiene, a lo largo de siglos, el no comerlo, cuando ya nadie recuerda por qué. Shem Tov contestó la primera con una suká. La segunda se contesta, como las mejores respuestas, sin palabras: en una olla que alguien, generación tras generación, sigue sin llenar de cerdo.
El mumar de 2026: el mismo argumento con mejor iluminación
Todo lo anterior sería arqueología si la cadena se hubiera roto en 1492. No se rompió: cambió de público y de vestuario. En buena parte del mundo mesiánico, y en organizaciones misioneras como Jews for Jesus, la abstención del cerdo no se exige y, en muchos de sus miembros, se descarta abiertamente con la terna de siempre: Mc 7:19 («declarando limpios todos los alimentos»), la visión de Pedro en Hch 10 y el πᾶν κτίσμα θεοῦ καλόν de 1 Ti 4:4. No todos, y conviene decirlo: hay un ala mesiánica, apoyada en lecturas como la del biblista Daniel Boyarin, que sostiene lo contrario, que en su prolífica imaginación que el maldito Yeshú “guardaba el kashrut” y que la frase de Mc 7:19 es una glosa del narrador.[30] Los dos bandos no pueden tener razón a la vez, y la mesa medieval ya había decidido cuál de los dos ganaba.
Lo interesante es lo que el mumar de 2026 no tiene y el de 1379 sí tenía. El de 1379 conocía el Talmud, y por eso tuvo que recurrir a un midrash verdadero para sostener algo que su Evangelio no decía. El de 2026 suele hablarle a un público que no puede comprobar una cita de Pereq Jéleq ni sabe que jazir y le-hajazir suenan parecido sin significar lo mismo. Es el terreno ideal para la frase «hasta el Talmud dice que Dios devolverá el cerdo». Por eso escribo este artículo antes de que haga falta: para adelantarme a una argucia que ya tuvo su estreno medieval y su respuesta. Quien la oiga mañana sabrá que ya fue contestada, y por quién.
La respuesta cabe en cinco preguntas que cualquiera puede hacer sin saber hebreo, y todas salen del capítulo 15. La primera: ¿en qué fuente exacta está el dicho? El mumar lo atribuye a Pereq Jéleq, y ahí no está tal cual (nota 3 de la traducción). La segunda: ¿a quién devuelve el verbo? «Devolverlo a nosotros» no es «ponerlo en el plato». La tercera: ¿qué dice el resto del midrash? Que el cerdo es Edom y que Edom sube a celebrar Sukot (Zac 14). La cuarta: ¿qué dicen quienes lo citan en la tradición? Radbaz, Recanati y el comentario a la hagadá leen abundancia, corona y reino; ninguno, permiso. La quinta, la que desarma: si el cerdo ya volvió, ¿dónde está su suká?
Y si el interlocutor cambia de carril y dice «legalismo», conviene recordar que Shem Tov también lo oyó. Su respuesta no fue levantar la voz: fue levantar una suká. Demostró, con el profeta que el propio mumar reconoce, que en el Mesías los preceptos no se disuelven, se universalizan.
Lo que Shem Tov sabía
El capítulo 15 admite una lectura superficial, la de la refutación puntual, y una profunda, que deja ver a un pensador mucho más fino de lo que sus detractores le conceden. Esto es lo que a mí me parece su aportación, ordenado como se ordena un argumento y no como se arma una lista.
Conoce a su adversario por dentro. No refuta a un cristiano de cartón: refuta a un judío convertido al católicismo, un mumar, y le deja el acento judío en la primera línea. Trabaja, además, con cuatro refutaciones independientes de las cuales cada una basta por sí sola: la histórica (hablaban después del Templo), la exegética (el cerdo es Edom y Edom sube a la suká), la halájica (disposición circunstancial, riqueza y no comida) y la escatológica (el «mañana» es el mundo de las almas). Es redundancia defensiva: el mumar tiene que ganar las cuatro, y a Shem Tov le basta ganar una. Es, también, un lógico de oficio: la distinción entre tov como género y tov como homónimo es, en su boca, una aplicación directa de Porfirio, y deja sin suelo el argumento de la «sabiduría suprema». Lee con una atención que hoy llamaríamos crítica textual, porque su manuscrito vacila entre על y אל en Zac 14:16, y escribe las dos variantes y las deja ahí, igual que registra la oscilación entre kutlei y kotlei en Julín. Convierte una concesión en ataque: acepta que los sabios hablan del cerdo, y lo único que hace es cambiar de qué cerdo hablan. No escribe desde la certeza de que su exégesis sea la única posible, sino desde la convicción de que es la útil, y lo declaró en el prólogo con una sinceridad intelectual que desarma. Es médico, y por eso no necesita negar las virtudes del cerdo: las localiza fuera de la mesa. Y sabe, quizá lo más fino, que la lengua es el campo de batalla. Cada vez que el mumar dice «bien», «hoy», «devolver», Shem Tov pregunta en qué sentido, y el sentido se le escapa al adversario porque lo tomó prestado.
Hay un último punto, humano, que ninguna filología resuelve, y es el que me devolvió a Doña Paloma. El mumar que cita Pereq Jéleq para justificar el jamón y el anús que cuelga un pernil en la cocina para que no lo quemen se sientan a la misma mesa y no tienen nada en común. Al primero le responde Shem Tov. Al segundo, ningún tratado de polémica se atrevió a pedirle cuentas: la Inquisición midió el alma con una sartén y no distinguió entre el que come por teología y el que come por miedo. Entre quien usa el cerdo para demostrar su fe y quien lo usa para salvar su vida hay un abismo moral que ningún tribunal de la época quiso medir, y que la estirpe partida de los Ibn Yahya, con unos descendientes que no tuvieron que fingir y otros que no pudieron no hacerlo, ilustra mejor que cualquier tratado.
El balance, entonces. El mumar quiso «devolver» el cerdo a la mesa y encontró un midrash que lo hacía parecer posible. Shem Tov abrió el mismo midrash una línea más abajo y descubrió que lo que volvía no era el cerdo, sino Edom, y que volvía a una suká. Quien hoy cita lehajazirô para comer jamón ha leído el verbo, pero no el complemento «a nosotros», ni el versículo de Zacarías que lo sigue, ni la página de Avodá Zará donde el «mañana» tiene un precepto, ni el capítulo de Isaías que, seis versículos después de condenar a los que comen carne de cerdo, convoca a toda carne al sábado y a la luna nueva. Y la pregunta que me llevo, y que dejo en la mesa: si Edom ya regresó a la fe de Israel, ¿dónde está su suká? Y si no regresó, ¿qué estamos celebrando con el jamón?