1/12/2024

¿Pablo de Tarso realmente judío? ¡Lo que los rabinos mesiánicos no quieren que sepas sobre Pablo!


Empiezo con una confesión incómoda: durante mucho tiempo yo también asumí que Pablo de Tarso era lo que decía ser. Un fariseo. Un erudito de la ley judía. Un hombre formado en la tradición del Segundo Templo que, tras una experiencia mística en el camino a Damasco, reinterpretó esa tradición desde adentro. La narrativa es seductora precisamente porque viene envuelta en el lenguaje de la continuidad: Pablo no habría roto con el judaísmo, sino que lo habría cumplido. Es la tesis que los rabinos mesiánicos repiten como un mantra y que los académicos de Raíces Hebreas convierten en el fundamento de toda su empresa. Sin un Pablo judío, sin un Pablo fariseo, el edificio entero pierde su argamasa.

El problema es que cuando uno se sienta con las fuentes primarias —no con los comentaristas devotos, sino con los textos mismos y con los académicos que los han examinado con rigor filológico— la narrativa se desintegra con una velocidad que incomoda. Y aquí debo detenerme un momento para hablar de quién es Hyam Maccoby, porque en los círculos mesiánicos existe la costumbre conveniente de descartarlo como un polemista judío resentido, como si su crítica a Pablo fuera el reflejo de un prejuicio étnico antes que de una investigación rigurosa. Conviene, entonces, poner las cosas en su lugar. Hyam Maccoby nació en 1924 en Sunderland, hijo de un tutor de matemáticas llamado Efraim Meir y nieto de uno de los predicadores judíos más célebres de la Europa Oriental del siglo XIX: el rabino Jaim Zundel Maccoby, conocido en toda la tradición como el Magid de Kamenetz. El abuelo de Hyam no era un hombre de biblioteca; era un orador que recorrió durante nueve años las comunidades judías de Rusia predicando el retorno a Sión, fundando más de trescientas sociedades de Hovevei Tzion, capaz de hablar seis horas seguidas ante auditorios que lo seguían de ciudad en ciudad como si cada una de sus palabras fuera la última lluvia de la temporada. Era un hombre que conocía la Mishná y el Talmud desde la infancia, que había estudiado en la yeshivá de Brisk-Litowsk, que vivía la tradición judía no como herencia cultural sino como respiración cotidiana. De ese linaje venía Hyam Maccoby. No de la academia distante ni del relativismo de quien observa desde afuera: de la médula misma de la transmisión rabínica. Eso importa, y mucho, cuando evaluamos su crítica. Maccoby se formó en estudios clásicos en el Balliol College de Oxford —la misma institución donde se forjaron algunos de los filólogos más rigurosos del mundo anglosajón—, sirvió en la Segunda Guerra Mundial en el Cuerpo de Señales Real, enseñó durante dos décadas, y fue posteriormente bibliotecario del Leo Baeck College de Londres, el principal centro de formación rabínica del judaísmo liberal europeo, antes de ser nombrado profesor en el Centro de Estudios Judíos de la Universidad de Leeds en 1998. Murió en esa misma ciudad en mayo de 2004, atacado en vida tanto por teólogos cristianos que no toleraban sus conclusiones como por algunos judíos ortodoxos que encontraban sus métodos demasiado historicistas. Esa doble incomodidad que generaba es, para el lector que sabe leer las señales, uno de los mejores indicadores de que estaba haciendo exactamente lo que debía hacer. Maccoby dedicó décadas a esta pregunta en obras como The Mythmaker: Paul and the Invention of Christianity (1986), Paul and Hellenism (1991) y en su artículo "Paul and Pharisaism" (European Judaism, 1986). Cuando un hombre de ese linaje, con esa formación, con ese acceso a las fuentes en sus idiomas originales, concluye que Pablo de Tarso no era el fariseo que afirmaba ser, no estamos ante una opinión. Estamos ante un veredicto que exige respuesta argumental, no descalificación tribal. Daniel Boyarin, profesor de Talmud en Berkeley, llegó a conclusiones convergentes desde otro ángulo: Pablo se apartó tan radicalmente del judaísmo que efectivamente dejó de ser parte de él, intentando fusionar la tradición hebrea con el helenismo para producir algo cualitativamente nuevo. David Klinghoffer, desde una perspectiva ortodoxa, documenta en Why the Jews Rejected Jesus cómo Pablo disolvió los requisitos de la ley judía para los conversos gentiles, haciendo de la halajá algo opcional —es decir, haciendo del judaísmo algo que ya no era judaísmo. Ninguno de ellos escribe desde el resentimiento. Todos escriben desde la evidencia.

Y la evidencia, cuando uno la mira sin las anteojeras del apologeta mesiánico, apunta en una sola dirección.

La primera señal de alarma no es teológica sino histórica, y su naturaleza es una paradoja que el Nuevo Testamento no intenta disimular: Pablo, supuesto discípulo del gran Rabán Gamliel, perseguía a los primeros seguidores de Yeshú, mientras que el propio Gamliel HaZaken los defendía. No es una interpretación. Es lo que dice Hechos 5. Gamliel, el líder de los fariseos, intervino ante el Sanedrín para salvar la vida de Pedro y sus compañeros, argumentando que si el movimiento nazareno era de origen divino, oponérsele sería combatir a Di-s mismo. Maccoby extrae de este pasaje una consecuencia que debería hacer detener en seco a cualquier lector honesto: "The whole of the Pharisee party in the Sanhedrin must have voted for Gamaliel's side of the question when he proposed that Peter and his companions should be released. That makes Paul opposed to the attitude of all the leaders of the Pharisees" (es decir: "Toda la facción farisea en el Sanhedrín debió haber votado a favor de la posición de Gamliel cuando propuso que Pedro y sus compañeros fueran liberados. Eso sitúa a Pablo en oposición a la actitud de todos los líderes de los fariseos") (Maccoby, 1986, p. 26). Si esto fuera una novela, diríamos que el guión tiene un agujero enorme. Pero es el Nuevo Testamento mismo el que lo narra.

¿Y con quién trabajaba Pablo para perseguir a esos nazarenos? Hechos 9:2 no deja margen de ambigüedad: Pablo fue al Sumo Sacerdote a solicitar cartas de autorización para ir a arrestarlos a Damasco. Al Sumo Sacerdote. No a Gamliel, su supuesto maestro. Al Kohen Gadol, que en la Judea del siglo I era un cargo otorgado por Roma, ocupado por familias de la aristocracia saducea que la tradición farisea consideraba herejes y colaboracionistas. Que un fariseo sincero buscara en esa oficina la autorización para sus labores de "celo religioso" es tan verosímil como que un rabino ortodoxo del siglo XX solicitara una hechsher al Vaticano. Maccoby es categórico sobre lo que esto revela: "Paul was persecuting the Nazarenes not because he was a Pharisee, but precisely because he was not a Pharisee and was therefore able to co-operate with the High Priest, who regarded the Nazarenes as a subversive party opposed to Roman rule" ("Pablo perseguía a los nazarenos no porque fuera un fariseo, sino precisamente porque no lo era, y por eso mismo podía cooperar con el Sumo Sacerdote, quien consideraba a los nazarenos como un partido subversivo opuesto al dominio romano") (Maccoby, 1986, p. 27). El argumento es elegante y devastador: la persecución de Pablo no tiene una explicación religiosa. Tiene una explicación política. Y esa explicación hace de Pablo un agente del orden imperial, no un celoso de la tradición judía.

Pero la colaboración con Roma no es el único problema biográfico. Está también Tarso. Pablo nació en Tarso, una gran ciudad helenística de Asia Menor, y —dato que los mesiánicos raramente enfatizan— en sus propias cartas nunca menciona ese origen. Lo sabemos únicamente por el libro de Hechos. En cambio, Pablo sí se esmera en presentarse ante sus comunidades griegas como alguien con raíces en el corazón del judaísmo: circuncidado al octavo día, de la tribu de Benjamín, un "hebreo de hebreos" según Filipenses 3:5. La expresión griega que usa, Hebraios ex Hebraiōn, fue leída por sus destinatarios en Filipos —gentes que no tenían ni idea de la geografía religiosa de Judea— como un certificado de autenticidad judía de primera clase. Lo que Pablo no les dijo es que venía de una ciudad sin academia farisea, impregnada de cultos mistéricos helenísticos. Los arqueólogos han encontrado en el sitio de la antigua Tarso vasijas que representan la resurrección de Atis, el dios de la salvación de Asia Menor: un dios que moría en agonía, era colgado de un árbol y resucitaba, celebrado en el tiempo de la Pascua. Maccoby señala que "His cult must have made a deep impression on the young Paul in Tarsus, and later in his life, at a time of psychological crisis, the figure of the crucified Jesus coalesced in his mind with the suffering figure of Attis" ("Su culto debió haber causado una impresión profunda en el joven Pablo en Tarso, y más tarde en su vida, en un momento de crisis psicológica, la figura del Yeshú crucificado se fusionó en su mente con la figura sufriente de Atis") (Maccoby, 1986, p. 29). No hace falta forzar la analogía: está inscrita en la propia estructura del mensaje paulino.

Porque cuando uno examina la teología de Pablo con las herramientas de la filología comparada, lo que encuentra no es el pensamiento del Segundo Templo sino el vocabulario de los cultos de misterio. El término mystērion, que Pablo usa repetidamente para describir su evangelio, no pertenece al léxico de la sinagoga sino al de los ritos de iniciación de Eleusis y los misterios de Isis. La idea de que el creyente comparte místicamente en la muerte y resurrección del salvador —lo que Pablo articula con la fórmula en Christō, "en Cristo"— reproduce con exactitud estructural el patrón de los cultos orientales en los que el iniciado se unía simbólicamente al destino del dios. El bautismo como inmersión que reproduce una muerte ritual, la eucaristía como ingestión del cuerpo y la sangre del dios: nada de esto tiene paralelo en la tradición judía. Lo que sí tiene paralelos, y abundantes, es en el mundo religioso helenístico que rodeaba a Tarso.

Aquí aparece el dato que Claude Montefiore, uno de los primeros académicos judíos en analizar el Nuevo Testamento con rigor, formuló con una claridad que aún hoy resulta perturbadora. Observó Montefiore que la doctrina judía del arrepentimiento —la teshuvá, el mecanismo central de la relación entre el ser humano y Di-s en toda la literatura rabínica, desde los profetas hasta la Mishná— está completamente ausente en Pablo. Y concluyó, en palabras que Maccoby cita directamente: "either this man was never a Rabbinic Jew at all, or he has quite forgotten what Rabbinic Judaism was and is" ("o este hombre nunca fue en absoluto un judío rabínico, o ha olvidado por completo lo que el judaísmo rabínico era y es") (Montefiore, JQR XIII, p. 206, citado en Maccoby, 1986, p. 25). Montefiore no era un polemista: era un académico que leía hebreo y griego, que conocía la literatura talmúdica, y que escribía desde una postura de simpatía hacia el Nuevo Testamento. Que llegara a esa conclusión dice mucho sobre el peso de la evidencia.

La ausencia de la teshuvá no es un detalle menor. Es una señal diagnóstica de primer orden, porque la teshuvá —literalmente "retorno", de la raíz hebrea shuv— no es una doctrina periférica en el judaísmo del Segundo Templo: es la arquitectura misma de la ética judía. Ezequiel, Oseás, Joel, los Salmos de Salomón, los escritos de Qumrán, la Mishná de Yomá: todos desarrollan el concepto con una profundidad y una variedad que reflejan siglos de elaboración. Un hombre formado en las academias fariseas hubiera respirado ese concepto desde la infancia. Pablo, en cambio, lo sustituye con la participación mística en el sacrificio de Yeshú. No hay teshuvá en Pablo porque en su sistema teológico no hay lugar para ella: si la salvación viene exclusivamente a través de la fe en la muerte redentora del dios, el arrepentimiento personal pierde su función estructural. Además, Maccoby ya había señalado con antelación la pregunta que resume el problema entero, tomando nuevamente de Montefiore: "the question is of grave importance, and has not yet been completely and satisfactorily answered, how far did Paul exaggerate his Judaism, more especially his Rabbinical Judaism, when it suited his purpose and rhetoric to do so" ("la pregunta es de grave importancia y aún no ha sido respondida de manera completa y satisfactoria: ¿hasta qué punto Pablo exageró su judaísmo, especialmente su judaísmo rabínico, cuando le convenía hacerlo para sus propósitos retóricos?") (Montefiore, JQR XIII, p. 162, citado en Maccoby, 1986, p. 24).

Y luego está el problema del idioma. Pablo escribe en griego koiné. Sus cartas no contienen argumentación halájica en la forma en que cualquier maestro fariseo —cualquier hombre que hubiese estudiado bajo Gamliel— habría argumentado: citando precedentes, estableciendo analogías entre casos, moviéndose dentro de las categorías del derecho oral judío. Pablo no cita a Hilel. No cita a Shamai. No menciona ni una sola autoridad rabínica en sus cartas. Cuando necesita citar el Tanaj, lo hace en la versión griega de los Setenta —la Septuaginta— con una frecuencia que indica que era esa, y no el texto hebreo, su fuente natural. Esta es una observación técnica con consecuencias devastadoras: en varios pasajes clave de la argumentación paulina, el argumento depende de un término griego que no tiene equivalente exacto en el hebreo subyacente, lo que significa que el argumento simplemente no funciona si uno regresa al original. El caso más ilustrativo es su uso de Isaías 7:14 con el término griego parthenos ("virgen"), que traduce el hebreo almah ("mujer joven"): un matiz que la Septuaginta colapsa pero que cualquier estudiante formado en el texto hebreo habría reconocido de inmediato. Un estudiante genuino de Gamliel conocía el hebreo. Conocía el arameo de las academias. Lo que no necesariamente conocía era la dependencia que un griego de la diáspora helenizada tenía de la LXX como su único acceso al texto sagrado.

La circuncisión añade otra capa al problema. Pablo no solo no requería la circuncisión de los conversos gentiles: la combatió activamente como vía de salvación, llegando a escribir en Gálatas que quienes se circuncidan "están obligados a guardar toda la ley" —una formulación que suena como advertencia disuasoria más que como descripción neutral. Para cualquier judío del Segundo Templo, la milá era el sello del pacto entre Di-s e Israel, establecido en Génesis 17 con Avraham. No un requisito burocrático sino la marca física de la alianza. Que alguien que se presentaba como fariseo celoso trabajara activamente para desmantelar ese requisito no requiere elaboración adicional: es la contradicción en sus propios términos.

Lo mismo sucede con el shabat y las leyes de kashrut. Pablo no exigió a sus conversos guardar el shabat ni las restricciones alimenticias del derecho judío. En Romanos 14 y en Colosenses 2 se aproxima al tema con una indiferencia que un fariseo genuino habría considerado impensable: el shabat se convierte en una "sombra de las cosas por venir", es decir, en algo que ya no tiene fuerza vinculante. Para el judaísmo, el shabat no es una "sombra" de nada: es el testimonio semanal de la creación divina, establecido en el cuarto mandamiento, comentado en cientos de páginas de la Mishná y el Talmud, y observado con una precisión que distingue al mundo judío del resto. Un hombre que lo convierte en optativo no está reinterpretando el judaísmo desde adentro. Está liquidándolo.

Consideremos también un dato que parece anecdótico pero que resulta revelador: en Hechos 14, durante su misión en Listra, Pablo y Bernabé son confundidos con dioses griegos por la población local. A Bernabé lo llaman Zeus y a Pablo lo llaman Hermes, porque era el que llevaba la voz cantante. Los habitantes de Listra, que observaban la forma en que Pablo predicaba, no vieron a un maestro judío. Vieron algo que les resultaba familiar dentro de su propio horizonte religioso helenístico. No es un detalle fortuito: en la antigüedad, la forma de predicar, los gestos retóricos, la estructura del argumento, todo eso comunicaba pertenencia cultural antes de que el contenido pudiera ser procesado. Los de Listra reconocieron en Pablo algo que conocían. Y lo que conocían no era la sinagoga.

Hay que mencionar también el celibato, no como argumento moralizante sino como dato sociológico. Pablo permanece soltero y en 1 Corintios 7 recomienda el celibato como estado superior al matrimonio, concediendo este último solo a quienes no pueden controlar sus impulsos. Para el judaísmo del Segundo Templo, el matrimonio y la procreación no eran una concesión a la debilidad: eran la primera mitzvá de la Torá, el peru urevu de Génesis 1:28. Los fariseos no eran ascetas. Los grandes maestros de la tradición estaban casados. El celibato como ideal espiritual pertenecía a otras corrientes del mundo antiguo —algunos grupos esénicos, ciertos filósofos estoicos, los cultos de misterio con sus sacerdocios— pero no al farisaísmo. Que Pablo no solo sea célibe sino que convierta el celibato en un ideal es un marcador más de que su formación espiritual vino de otro lugar.

Todo esto configura un perfil que Maccoby articula con precisión: "Paul's letters show a spiritual dilemma which is best understood as that of someone struggling to become a Jew, but failing: and his solution to his dilemma was to found a new religion of which he was the prophet" ("Las cartas de Pablo muestran un dilema espiritual que se entiende mejor como el de alguien que lucha por convertirse en judío pero fracasa: y su solución a ese dilema fue fundar una nueva religión de la que él era el profeta") (Maccoby, 1986, p. 30). El perfil que emerge no es el del fariseo que se convierte, sino el del converso fallido que inventa una tercera vía: toma el marco histórico del judaísmo —su narrativa desde Adán hasta los últimos días— pero lo llena de un contenido teológico derivado del mundo helenístico que lo formó desde la infancia.

Y sin embargo los mesiánicos persisten. Presentan a Pablo con el talit y las filacterias. Lo llaman Shaul HaShaliaj. Le construyen un currículo rabínico que el propio texto del Nuevo Testamento contradice en múltiples puntos. Lo necesitan judío porque sin un Pablo judío su proyecto entero —la apropiación del lenguaje, las fiestas, el calendario y la identidad del pueblo judío para una teología que disuelve la Torá como camino de salvación— pierde su única coartada histórica. Un Pablo gentil helenizado que fundó una religión nueva a partir del sincretismo greco-oriental no les sirve. Un Pablo fariseo que "cumplió" el judaísmo desde adentro les es indispensable.

El problema es que ese Pablo no existe en los textos. Existe en sus folletos.

Termino con la pregunta que me parece más difícil de esquivar. Si Pablo tenía tanto interés en demostrar su formación farisea ante comunidades griegas que no podían verificarlo, y si esa afirmación resulta contradecida sistemáticamente por el análisis de sus propias cartas, por el testimonio implícito del libro de Hechos, por la ausencia de categorías rabínicas en su pensamiento, y por la saturación de su teología con el vocabulario de los cultos de misterio helenísticos —entonces la pregunta no es si Pablo era judío. La pregunta es qué necesitaba ganar afirmando que lo era.

Maccoby tiene una respuesta para eso también: "By representing himself to be of Pharisee background, Paul gained great advantages in his campaign to spread his ideas. The Pharisees at this time had a high reputation in the Greco-Roman world... Paul had more to gain than personal respect by claiming to have been a Pharisee. By this claim, he was claiming authority for his ideas. These ideas were, on the face of them, utterly alien to the tradition of Judaism" ("Al presentarse como proveniente de un trasfondo fariseo, Pablo obtuvo grandes ventajas en su campaña para difundir sus ideas. Los fariseos en ese momento gozaban de una alta reputación en el mundo greco-romano... Pablo tenía más que ganar que el respeto personal al afirmar haber sido fariseo. Con esa afirmación, estaba reclamando autoridad para sus ideas. Esas ideas eran, en apariencia, completamente ajenas a la tradición del judaísmo") (Maccoby, 1986, p. 28).

Eso es lo que los rabinos mesiánicos no quieren que sepas sobre Pablo: que el judaísmo que él invoca era, ante todo, un argumento de autoridad. Y los argumentos de autoridad se desmoronan cuando se examinan las credenciales.


Referencias

Maccoby, H. (1986). Paul and Pharisaism. European Judaism: A Journal for the New Europe, 20(2), 24–30.

Maccoby, H. (1986). The Mythmaker: Paul and the invention of Christianity. Harper & Row.

Montefiore, C. G. (1900). Aspects of Judaism. Jewish Quarterly Review, 13, 162–206.