10/16/2026

¿Profeta o loco? La acusación más antigua contra Muhammad la conserva el Corán

BS"D

(Grand Mufti, 1780) Pierre Duflos 1780

Cómo lee Maimónides el Corán, y por qué su veredicto no lo inventó él

Un copista medieval levanta la pluma. Delante tiene una carta de Maimónides a los judíos de Yemen, y en una de sus líneas hay una palabra hebrea: meshugá, «loco». No la copia. Escribe en su lugar «fulano». Nadie anota el motivo. Esa palabra contesta una pregunta que nuestra especie se hace desde que hay profetas: cuando un hombre dice hablar en nombre de Di-s, ¿es un profeta o es un loco? Maimónides la contesta en una carta, y la historia de esa respuesta empieza mucho antes que él.

¿Qué responde Maimónides: profeta o loco?

Responde «loco», y lo dice sin levantar la voz. En 1172, Maimónides, el jurista y filósofo más influyente del judaísmo medieval, escribe a una comunidad de Yemen acosada por la conversión forzosa y por un falso mesías local. Es una carta para consolar. En medio de una explicación sobre el Mesías, cae la frase: Daniel termina con el reino de Ismael y el alzamiento de «fulano» (la traducción hebrea más difundida escribe el nombre: Muhammad), y enseguida viene el Redentor; Isaías da como señal de esa venida el alzamiento de un meshugá. Sin exclamaciones, sin epítetos. Maimónides no lanza un insulto: aplica una categoría.

La categoría es más vieja que él. Los oficiales del rey Yehú ven salir a un joven enviado por el profeta Elishá y preguntan: «¿A qué vino ese loco?». Oseas registra el dicho: «necio es el profeta, loco el hombre del espíritu». En Jeremías se pide el cepo para todo meshugá que se hace pasar por profeta. La palabra no ofende: pregunta. Nosotros, la especie que sigue a quien dice «Di-s me envió», no tenemos otro método que el examen, y la Torá lo fija: a quien habla en nombre de Di-s se le examina, no se le cree por su fervor. Maimónides pone las condiciones por escrito: sabiduría, dominio de sí y un ánimo sereno. Quien no las cumple no es un profeta que se equivocó. Es otra cosa, y para esa otra cosa el hebreo ya tiene nombre.

Maimónides escribe en árabe, y el árabe le ofrece palabras hechas: «poseído», «hechizado». Las deja. Incrusta en su frase una palabra hebrea, la de Jeremías, y la palabra arrastra consigo a todos los profetas y a todos los que dudaron de ellos. Quienes copian la carta no la dejan en paz: un manuscrito escribe «fulano», y dos copias hebreas, «el hombre». Pero el texto base de las cuatro versiones la conserva, en la cláusula de Isaías. Meshugá no mide la mente de un hombre. Mide su autoridad.

¿Qué dice el Corán de la palabra «loco»?

Dice que sus contemporáneos la usaron. El libro que proclama a Muhammad Enviado de Di-s registra, con su propia voz, que lo llamaban «hechizado» y «poseído». Lo presenta como calumnia de impíos («mira cómo te ponen ejemplos»), pero lo conserva. Nosotros, que copiamos con tanto cuidado nuestros libros sagrados, copiamos también lo que nos incomoda. Casi siete siglos después de Maimónides, un traductor hebreo llega a ese versículo y escribe «este hombre loco». Del árabe «hechizado» al hebreo meshugá hay una sola línea. El puente es corto.

Maimónides no cita esos versículos, y nadie debe ponerle una línea en la boca. Pero escribe en árabe, vive toda su vida adulta bajo gobierno musulmán y nombra el Corán en su carta. Escribe que ciertos transgresores buscan congraciarse con las naciones y mostrarles que han confirmado lo que dice el Corán: que meshugá está escrito en la Torá. La fórmula es la del Corán, que afirma que el Enviado está «escrito» en la Torá y en el Evangelio; el sujeto es de Maimónides. Los propios musulmanes, añade, no aceptan esas pruebas, porque su falsedad es evidente, y como no encuentran en toda la Torá un texto que lo insinúe, acusan de haber alterado el libro y borrado de él «el nombre de fulano».

El Corán aporta los datos; la Torá, la categoría. Y si el libro que proclama a Muhammad Enviado conservó la acusación con su propia voz, ¿por qué habría de ser Maimónides, y no el Corán, quien explique de dónde salió la palabra?

¿Qué vieron los que estuvieron cerca?

Vieron a un mercader, un predicador, un conductor y un guía; casi nunca a un profeta. Los testimonios más antiguos sobre Muhammad no los escriben musulmanes sino cristianos. Un cronista armenio ve a un mercader que predica el Dios de Abraham. Un cronista de la Iglesia de Oriente ve a un «conductor» de los hijos de Ismael. Hacia el año 687, el monje Yohanan bar Penkaye escribe que los árabes tienen un «guía», Muhammad; que ese guía los mantiene en el culto de un solo Di-s «conforme a la costumbre de la ley antigua»; y que, en sus comienzos, condenaban a muerte a quien pareciera transgredir sus leyes. «Pareciera»: no «fuera probado». La Torá no condena con un solo testigo; exige dos. La apariencia sentencia; la Torá pide pruebas.

Hay además una escena. En un texto griego ambientado en Cartago en el año 634, los judíos de Cesarea celebran la noticia de que un «profeta» ha aparecido entre los sarracenos y anuncia al Mesías. Un anciano versado en las Escrituras escucha y pregunta si los profetas vienen «con espada y carro». Dictamina: es un impostor. El relato es cristiano y la escena es literaria, pero el criterio es nítido: lo que descalifica al «profeta» no es su doctrina sino su conducta. Cuando en los años 690 un texto sirio por fin pone la palabra «profeta» junto al nombre de Muhammad, lo hace de lado: es un «hombre de guerra» de quien «dirán» que lo es.

Un pasaporte, un título de médico, una firma notarial y una profecía son lo mismo: sistemas para decidir a quién creerle cuando no lo conocemos. Ninguno funciona sin examen. El título de profeta no se concede: examina a quien lo reclama. Las voces judías de esas décadas casi no sobreviven y llegan por boca ajena. Pero el criterio que esa escena les atribuye, la conducta antes que el fervor, es el mismo que Maimónides pondrá por escrito más de cinco siglos después.

¿Y qué examen aplicaremos nosotros ahora?

El copista del principio ni imagina lo que sostiene su pluma: una respuesta en tres capas. La Biblia pone la categoría, los testigos del siglo VII la conducta, y el Corán la acusación. Él cambia la palabra. Otros la dejan, y por eso la leemos hoy.

Para Maimónides, Muhammad no pasa el examen del profeta; la categoría es bíblica y la acusación la conserva el propio Corán.

Hoy cualquiera puede proclamarse enviado de algo mayor que él ante millones de pantallas, y nosotros seguimos necesitando creerle a alguien: ¿qué examen aplicaremos a quienes nos piden fe?


Fuentes

  • Maimónides, Epístola a Yemen (Iggeret Teiman), ed. A. S. Halkin (Nueva York, 1952); traducción hebrea de Nahum (Lituania, 1834).
  • Doctrina Jacobi nuper baptizati, V.16 (ed. V. Déroche, 1991); S. W. Anthony, Der Islam 91 (2014).
  • Yohanan bar Penkaye, Ktaba d-resh melle, libro XV (ed. A. Mingana, 1907); S. P. Brock (1987).
  • Pseudo-Sebeos, Historia armenia, cap. 42 (trad. R. W. Thomson, 1999); Cronicón de Juzestán (ed. I. Guidi, 1903); Evangelio de los Doce Apóstoles (ed. J. R. Harris, 1900).
  • R. G. Hoyland, Seeing Islam as Others Saw It (Princeton: Darwin Press, 1997).
  • Tanaj: II Reyes 9:11; Oseas 9:7; Jeremías 29:26; Deuteronomio 13, 17:6 y 18. Maimónides, Mishné Torá, Yesodei HaTorá 7; Shemoná Perakim, cap. 7.
  • Corán 7:157; 17:47-48; 68:51. Tzevi Jaim (H. Reckendorf), traducción hebrea del Corán (1857).