1/06/2014

El Mesías en la tradición judía

BS"D


El presente texto es un fragmento del libro FALSOS JUDÍOS, FALSO MESÍAS, de Irving Gatell, de próxima publicación.



En el Judaísmo, el concepto de Mesías no es algo mágico, sino algo concreto y en completa coherencia con la raíz etimológica de la palabra: Ungido. Se refiere, por lo tanto, a aquel que ha recibido una unción que lo aparta para el ejercicio de un oficio especial.

En la Biblia Hebrea, existen dos pasajes en donde se señala de modo preciso cómo fueron seleccionados dos linajes específicos para recibir esa unción especial. Éxodo 29:1-7 se refiere a la unción que recibió Aarón para ser el Sumo Sacerdote, y I Samuel 16 narra como David recibió la unción que le convirtió en rey de Israel (previamente, Saúl había recibido la misma unción, pero su linaje no fue confirmado como el depositario de la misma; por eso se seleccionó a David).
La frase que resume la verdadera naturaleza mesiánica está en Éxodo 29:7, donde D-os le dice a Moisés: "tomarás el aceite de la unción, lo derramarás sobre su cabeza (de Aarón) y lo uncirás". Con ello, Aarón se convirtió en el primer Ungido (Mesías) del Judaísmo.

Entonces, para el Judaísmo está sobradamente claro que hay dos linajes mesiánicos: el Sacerdotal, de la tribu de Levi, y el Real, de la tribu de Judá. Todos aquellos que ostentaron el rango de Sumo Sacerdote, y todos aquellos descendientes del rey David que gobernaron al pueblo judío, fueron Mesías, porque para ejercer su cargo tuvieron que recibir la unción, conforme a lo establecido por la Biblia.

Una vez entendido este concepto simple, Yehoshúa queda descartado de manera definitiva como Mesías, porque nunca recibió unción alguna, y nunca ejerció como rey o Sumo Sacerdote de Israel. En el mejor de los casos, si acaso fue del linaje de David como lo dicen los evangelios, pudo llegar a ser reconocido como un candidato a ser Mesías, pero no Mesías como tal. Ese rango sólo lo puede tener alguien que ya ha recibido la unción.

Para decirlo en breve: no se nace siendo Mesías. Se es Mesías sólo hasta que se recibe la unción.
Naturalmente, el Cristianismo no acepta este argumento. Su perspectiva de Mesías es radicalmente diferente: el redentor elegido para garantizar la salvación de la humanidad.
Por lo tanto, la identidad del Mesías no depende de una unción física, porque el Mesías es Mesías por naturaleza propia, en un nivel sobrenatural e irrepetible. La idea es que ha sido elegido por D-os para un oficio especial, y eso equivale o sustituye a la unción.

Pero aquí hay un punto débil en la perspectiva cristiana: nada de eso tiene relación directa con el significado literal de Mesías (Ungido); ese caso, deberíamos llamarlo el Elegido. En consecuencia, nada de eso tiene verdadero sustento bíblico. No existe un solo pasaje en la Biblia Hebrea que defina al Mesías en esos términos. En cambio, hay dos pasajes muy claros que definen al Mesías en los términos que el Judaísmo siempre ha sostenido: Éxodo 29 y I Samuel 16.

Hay otro detalle que debe analizarse: si asumimos que el Mesías es alguien sobrenatural e irrepetible, elegido para redimir a la humanidad, lo lógico sería suponer que las expectativas del pueblo judío en relación a ese Mesías siempre fueron las mismas: algún día llegará aquel ser sobrenatural e irrepetible que nos salvará de nuestros pecados.

Parece algo muy lógico y judío, pero es totalmente incorrecta. Cuando se revisa la evidencia bíblica, nos topamos con algo nada cómodo para la perspectiva cristiana: las expectativas mesiánicas del Judaísmo han cambiado mucho a lo largo de la historia.

Y la mejor prueba de ello es algo bien simple: en la Biblia Hebrea, el tema del Mesías parece que apenas empieza a abordarse en los libros proféticos, elaborados a partir del siglo VIII AEC. En los textos anteriores -empezando por la Torá o Pentateuco, base del Judaísmo- esa clase de discursos, simplemente, no existen. Eso resulta desconcertante para la perspectiva cristiana. Por ejemplo, en Deuteronomio 30 se explica cuáles son las condiciones que D-os le pone a Israel para restaurarlo como nación, y no hace ninguna referencia a nada que podamos identificar como el Mesías.
¿Por qué Moisés (siglo XIII AEC) no le puso atención a este tema, y por qué a partir del libro de Isaías (siglo VIII AEC), las cosas empiezan a cambiar radicalmente?

Algunos especialistas cristianos se han arriesgado a señalar que el concepto de Mesías es tardío, en realidad. Es decir: en la época de Moisés, y luego en la de los Jueces (siglos XIII al X AEC), no existía la idea de un Mesías.

Es un total error, surgido de querer explicar las expectativas mesiánicas judías con los parámetros del Cristianismo. Si Éxodo 29 especifica el modo en el que Aarón tenía que ser uncido para empezar a ejercer como Sumo Sacerdote, entonces para el Judaísmo no existe ninguna duda de que el concepto de Mesías existe claramente en la Torá, desde las épocas mosaicas.

¿Qué es lo que sucede? Que lo que no existe es la idea de que algún día llegará aquel ser sobrenatural e irrepetible que nos salvará de nuestros pecados.

Lo que existe, en cambio, es una serie de expectativas relacionadas con el concepto de Mesías, que fueron transformándose conforme fueron cambiando las circunstancias para el pueblo de Israel. Me refiero a esto:

1. Aarón fue elegido como Sumo Sacerdote, y se confirmó que su descendencia tendría ese privilegio para siempre. De ese modo, se estableció el primer linaje mesiánico de Israel, y ejerció sus funciones hasta el año 587 AEC, cuando el Templo de Jerusalén fue destruido por los babilónicos. Fueron un poco más de 700 años en los que el pueblo de Israel nunca esperó la llegada de un Mesías sacerdotal, por una razón muy simple: el Sumo Sacerdote estaba en donde tenía que estar. Del mismo modo, nunca se cuestionó sobre la identidad del siguiente Mesías sacerdotal, porque resultaba obvia: el primer hijo varón del Sumo Sacerdote en funciones.

2. Unos tres siglos después, Saúl fue uncido como primer rey de Israel. Sin embargo, su descendencia no fue confirmada como la depositaria o heredera de esa unción. Dicho privilegio fue concedido al segundo rey de Israel: David, de la tribu de Judá. Con ello, quedó establecido el segundo linaje mesiánico. Al igual que el linaje sacerdotal, también estuvo en el ejercicio de sus funciones hasta el año 587 AEC, cuando -además de la destrucción del Templo-, fue depuesto el último rey de Judá -Sedequías-. Hasta ese momento, nadie en el pueblo judío esperó la llegada de un Mesías del linaje real, porque el rey estaba en su trono, y no había dudas sobre quien sería el siguiente Ungido: alguno de los hijos varones del rey.

3. Pero esto no significa que no hubiesen ideales mesiánicos, o expectativas relacionadas con los dos linajes mesiánicos. Y la base es la Torá: a fin de cuentas, el pueblo de Israel solicitó un rey para que gobernase con justicia, según lo explica 1 Samuel 8:1-6. Y lo primero que Samuel hizo cuando Saúl fue investido como rey de Israel, fue poner por escrito "las leyes del reino" (1 Samuel 10:25). Entonces, está claro que desde un inicio hubo un estrecho vínculo entre Mesías y Ley (Torá), lo que implica que el pueblo de Israel siempre tuvo la expectativa de que, bajo la tutela de los Ungidos para dirigir a Israel (rey y Sumo Sacerdote), se lograría una correcta obediencia a la Torá.

4. Entonces, las expectativas mesiánicas hasta el año 587 AEC eran que, algún día, Israel viviría seguro y en paz, con la posibilidad de obedecer la Torá de modo correcto. Si queremos decirlo en términos más familiares, se esperaba que llegaran los Ungidos que habrían de traer una era de justicia y paz. Pero no había ningún misterio sobre su origen: por derecho hereditario, dichos Ungidos por venir serían hijos del Sumo Sacerdote y del rey en funciones.

5. Estas expectativas se exarcebaron por culpa de los reyes de Judá que la Biblia señala como impíos. Por esta razón, la esperanza mesiánica se volvió bastante precisa: la espera del nacimiento de un heredero al Trono de David que se conduzca con rectitud y bondad. En la literatura bíblica de esta época -principalmente, el libro del profeta Isaías- la pareja real más representativa es Ajaz y su hijo Ezequías: el primero, el modelo de la impiedad; el segundo, el modelo de la justicia.

6. Justo en esa época, hubo otro factor que alteró las expectativas tradicionales respecto a los dos linajes mesiánicos: la amenaza asiria. Además de lo ya mencionado, a las expectativas mesiánicas se agregó una idea muy importante: la derrota de los enemigos del pueblo judío. Isaías 7-9 y Miqueas 5 son dos perfectos ejemplos de este momento de evolución en las expectativas mesiánicas. De cualquier modo, en ninguno de estos pasajes encontramos la idea de que la llegada del futuro rey sea un misterio. Por el contrario: todos los discursos mesiánicos dan por sentado que se conoce de dónde vendrá el siguiente rey, e incluso dónde habría de nacer (Belén, según Miqueas). Incluso, Isaías 9 nos ofrece un himno dedicado al heredero al trono ya nacido (precisamente, Ezequías; resulta fácil de deducir por las referencias cronológicas que nos da el propio Isaías).

7. Hubo otro detalle que se alteró por causa de la invasión asiria. Aunque Judá no cayó en su poder, el reino de Israel -las Diez Tribus del norte- fue destruido en el año 722 AEC. Los sobrevivientes fueron enviados al exilio, y entonces la expectativa mesiánica se amplió: no nada más se esperaba una era de libertad y justicia, además de la derrota de los enemigos del pueblo judío, sino también la reunificación de los dispersos de Israel. Pero, hasta este punto, no existía todavía la idea de la llegada de un Mesías, porque los linajes de Aarón y de David seguían ejerciendo sus oficios correspondientes en Jerusalén. Otros textos proféticos que se escribieron en esta época fueron Sofonías, Habacuc y Nahum.

6. La destrucción del reino de Judá en el año 587 AEC marca el cambio radical de las expectativas mesiánicas, porque a partir de ese momento los linajes mesiánicos dejaron de ejercer. En consecuencia, la expectativa mesiánica por primera vez incorporó el concepto de restauración o redención. Ahora sí había que esperar el regreso de los dos linajes mesiánicos, y las expectativas llegaron a su máximo posible: había que recuperar el país, reconstruirlo, reunificar a Israel, derrotar a los enemigos, y restaurar las instituciones mesiánicas. En estas épocas, los libros proféticos que se escribieron fueron Jeremías, Abdías y Ezequiel.

9. Es muy notable la diferencia que encontramos entre Isaías -por un lado- y Jeremías y Ezequiel -por el otro- cuando hablan del linaje de David. Por ejemplo, Isaías 9:6 dice "porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la autoridad sobre su hombro". No se menciona al linaje de David, pero nadie duda que se trate de una referencia mesiánica, que da por hecho que el Mesías ya nació. En cambio, Jeremías 33:15 dice: "en aquel día y en aquellos tiempos, Yo haré brotar para David un renuevo de justicia...". Y Ezequiel 37:21 y 24 dice: "... porque Yo tomaré a los hijos de Israel de las naciones a donde fueron, y los reuniré desde todo lugar, y los traeré a su tierra... y mi siervo David será rey sobre ellos..." Está claro: Jeremías y Ezequiel hablan de una restauración del linaje de David en tiempo futuro; Isaías no: habla del Mesías rey en tiempo presente. ¿La razón? Es simple: cuando Isaías escribió, el linaje de David ocupaba su trono. En cambio, la situación había cambiado radicalmente para cuando Jeremías y Ezequiel escribieron. Entonces, está claro que las expectativas mesiánicas nunca fueron fijas. Se ajustaron a las circunstancias.

10. En el año 539 AEC, el Imperio Babilónico fue conquistado por los persas. Ciro el Grande, el nuevo emperador, aplicó una política de tolerancia con los pueblos que habían sido exiliados por los babilónicos, y en muchos casos les concedió la opción de reconstruirse como naciones. Tal fue el caso del pueblo judío, que pudo regresar a su hogar ancestral y refundar el reino de Judea. Poco a poco, la vida se fue normalizando: se reconstruyeron Jerusalén y el Templo, y con ello, los Sumos Sacerdotes volvieron a ejercer su oficio. Un linaje mesiánico -el sacerdotal- fue restaurado, pero el otro no. Del mismo modo, el país fue reconstruido, pero muchos judíos siguieron en el exilio. La situación se volvió ambigua: se había logrado una restauración, pero sólo a nivel parcial. Entonces, las expectativas mesiánicas se redefinieron: algún día, el linaje de David sería restablecido, los exiliados de Israel y de Juda se reunirían en Judea, y el pueblo de D-os habitaría seguro y en paz, libre de sus enemigos, y obedeciendo correctamente la Torá.
Fue apenas a partir de estas circunsancias que la expectativa por la restauración del linaje de David se convirtió en la expectativa mesiánica por excelencia. Hay que notar que el linaje sacerdotal sólo estuvo fuera de su oficio durante un poco más de medio siglo. En cambio, el linaje de David nunca volvió al trono. Lógicamente, la llegada del rey del linaje de David se convirtió en la esperanza emblemática del pueblo judío (hasta la fecha). Pero eso, de ningún modo, significa que no exista el otro linaje mesiánico: el sacerdotal. Es tan importante como el linaje de la realeza. Del mismo modo, tampoco altera el significado de lo que es un Mesías: alguien que ha sido uncido para ejercer un oficio especial (Sumo Sacerdote o rey).

11. En el año 171 AEC, las circunstancias volvieron a cambiar: Antíoco IV Epífanes, el emperador Sirio-Seléucida, depuso al Sumo Sacerdote Onías III, y con ello llegó a su fin el oficio del Sumo Sacerdote en su perspectiva tradicional. Unos años después (167-158 AEC) el país se sumió en la llamada Guerra Macabea, y sólo hasta que las cosas realmente se apaciguaron se pudo restaurar el Sumo Sacerdocio. Sin embargo, hubo un problema para los más tradicionalistas: el linaje que ocupó el cargo -los Hasmoneos- no tenían derecho a hacerlo, por no ser descendientes directos de Aarón por la línea de Zadok (Zadokim o Saduceos). En consecuencia, se inició una permanente tensión entre los diversos grupos del Judaísmo en la cual siempre jugó un papel importante la legitimación del poder. Con ello, se consolidó la expectativa de que cuando llegara la redención mesiánica también se habría de restaurar al linaje correcto en el Sumo Sacerdocio. Esta idea está sobradamente demostrada por el contenido de los Rollos del Mar Muerto (muchos de los libros que integran esta colección se escribieron, precisamente, en esta época).

12. Los Saduceos no se quedaron con los brazos cruzados. Hábiles políticos de oficio, supieron mantenerse cerca de los grupos de poder, incluso después de que Judea volvió a perder su independencia en el año 63 AEC, cuando fue anexada como provincia romana. En el año 37 AEC, Herodes el Grande fue impuesto por Roma como rey de Judea, y esto marcó el declive definitivo de los Hasmoneos. Pronto, el ejercicio del Sumo Sacerdocio volvió a recaer en manos de los Saduceos, aunque con una limitante: las autoridades políticas -Herodes, inicialmente, luego, los procuradores romanos- conservaron el privilegio de poner y quitar Sumos Sacerdotes a su antojo. Por lo tanto, la expectativa de una restauración plena del correcto ejercicio del Sumo Sacerdocio siguió vigente como una parte esencial de las expectativas mesiánicas. Sin embargo, debido a la ocupación romana y al gobierno tiránico de un extranjero como Herodes, la esperanza de la restauración del linaje de David en el trono se reforzó como la esperanza judía por excelencia, bajo la premisa de cuando eso sucediera, todo lo demás también recuperaría su lugar y forma correctos.

13. Entre los años 66 y 73, Judea se levantó en armas contra Roma, y en el año 70 Jerusalén y el Templo volvieron a ser destruidos. A partir de ese momento, se volvió a una situación similar a la de la época del exilio en Babilonia: no había país, no había Ciudad Santa, no había Templo, no había Sumo Sacerdote y no había rey. Las expectativas mesiánicas se exarcebaron una vez hasta el máximo posible, y esta vez la situación se extendió durante casi dos mil años.

14. En 1948, se refundó el Estado de Israel. Esto, desde la perspectiva de los religiosos sionistas, debe entenderse como un logro de carácter mesiánico, debido a que se consiguió uno de los objetivos: recuperar la independencia del país, y con ello facilitar la posibilidad de la reintegración de todo el pueblo judío. Sin embargo, es obvio que las expectativas mesiánicas no se han completado: ninguno de los linajes mesiánicos ha recuperado sus funciones, y la mayoría de los judíos todavía viven fuera de Israel. En el mejor de los casos, la situación ha mejorado, pero no se ha resuelto.

El Cristianismo no contempla este panorama. Desde su perspectiva, la esperanza judía siempre ha sido exactamente la misma (la llegada de un Redentor), y por eso les resulta razonablemente lógico que no haya nadie mejor calificado para serlo que Yehoshúa. Pero es una perspectiva totalmente descontextualizada, que deja de lado todo lo que implica la Redención Mesiánica para el Judaísmo. La tradición cristiana responde diciendo que eso se debe a un error por parte del pueblo judío, al no entender la dimensión espiritual del concepto Mesías, y reducir sus expectativas a hechos materiales y enmarcados en la historia.

En cambio, el énfasis del Cristianismo está puesto en que ese Redentor habría de venir a resolver el gran problema de la humanidad: el perdón de sus pecados (problema que en el Judaísmo no existe: la Biblia Hebrea explica claramente la naturaleza de la expiación, y en ningún momento la condiciona a la presencia del Mesías del linaje de David).

Con ello, el Cristianismo redujo la expectativa mesiánica a la llegada de una persona. Más aún: lo importante es esa persona y nada más, mientras que para el Judaísmo lo importante es todo lo que tiene que suceder alrededor de la manifestación de esa persona: la restauración plena de Israel, incluyendo país, capital, Templo, instituciones mesiánicas, paz, justicia, y un ambiente óptimo para la obediencia de la Torá.

Por eso, el Judaísmo es preciso: cualquiera que pretenda ser esa persona, si no viene acompañado por esa restauración plena -nadie, hasta la fecha, lo ha hecho- no será reconocido como el Mesías que esperamos.

Sin embargo, debe aclararse que eso no le quita el rango de Mesías a todos los que ya lo ostentaron en el pasado: los Sumos Sacerdotes del linaje de Aarón, y los reyes del linaje de David. Fueron uncidos para ejercer su ministerio, sin importar si lo hicieron bien o mal, y pese al hecho de que la Redención Mesiánica no llegó. Por eso, cuando nos referimos al "Mesías que esperamos", estamos hablando concretamente de aquel con quien vendrá esa Redención propia de lo que llamamos Reino Mesiánico, sin que eso demerite el rango mesiánico de todos aquellos que en el pasado fungieron como reyes o Sumos Sacerdotes.

Simeón bar Kojba: los conceptos judío y cristiano frente a frente

En el año 132 EC, el pueblo judío volvió a rebelarse contra la dominación romana. Su líder fue un joven conocido originalmente con un nombre despectivo: Simeón bar Kosiva (literalmente, hijo de mentira en arameo), que muy pronto se reveló como un gran líder militar, y que al inicio de la revuelta propinó serias derrotas a las legiones romanas. El país se independizó durante tres años, y este carismático líder fue uncido como rey de Israel, cambiando su nombre por Simeón bar Kojba (hijo de la Estrella).

La abrumadora mayoría de los judíos -incluyendo a grandes sabios como el célebra Rabí Akiva- lo reconocieron como Mesías. Y nótese: no fue un reconocimiento abstracto. Como ya se mencionó, fue uncido como rey, porque además se le reconoció como descendiente del rey David, y ejerció el poder de manera efectiva entre los años 132 y 135.

El emperador Adriano ordenó una invasión masiva a Judea, y Bar Kojba murió en batalla. Con él, llegó a su fin la resistencia armada de los judíos contra Roma.

Frecuentemente, los cristianos acusan a los judíos de haber creído en un falso mesías. Para el Cristianismo, el asunto es fácil: Bar Kosiva (es prácticamente imposible que acepten llamarlo Bar Kojba), un falso mesías, nos engañó.

Es una perspectiva errónea por completo. Bar Kojba no fue un falso mesías por una simple razón: estrictamente hablando, no se puede ser un falso mesías. Quien recibe la unción mesiánica, es Mesías. En última instancia, la única posibilidad para ser un falso mesías es nunca recibir esa unción, y pretender que de todos modos se es Mesías (paradojicamente, como en el caso de Yehoshúa).

Pero si Bar Kojba fue uncido y reconocido como rey de Israel porque se aceptó que pertenecía al linaje de David, y luego gobernó al pueblo judío, fue, en el sentido estricto de la palabra, Mesías.
Cieramente, la redención no llegó con él. En ese aspecto, las expectativas de Rabí Akiva y sus demás seguidores no se vieron cumplidas. Pero ese es otro asunto, que nada tiene que ver con la condición de ser Mesías. Simplemente, quedó claró que no fue el Mesías que esperamos, pero el hecho operativo y concreto es que fue Mesías.

Es una idea que el Cristianismo no puede asimilar. Según su perspectiva, el Mesías es un ser único e irrepetible, y no hay posibilidad de comparar a Bar Kojba con Yehoshúa, porque este último nació de una virgen, hizo milagros y resucitó, cumpliendo así las profecías mesiánicas concernientes al Mesías Sufriente, aunque dejando pendientes las concernientes al Mesías Triunfante.

Naturalmente, esto carece de sentido para el Judaísmo: en esencia, la identidad del Mesías no depende del cumplimiento de profecías, sino de su pertenencia al linaje de David, su unción como un hecho concreto, y su ejercicio del poder legitimado ante todo el pueblo judío.
Ciertamente, en la actualidad no se puede asegurar quienes pertenecen al linaje del rey David. Por ello, resulta imposible decidir quienes tienen derecho a ser Mesías. Por ello, para identificar al que D-os haya elegido para este cargo, se tendrán que cumplir una serie de profecías mesiánicas. Como se puede notar, esto hace que los discursos cristiano y judío parezcan idénticos: estamos esperando al que cumplirá las profecías mesiánicas.

Pero esta es una condición que sólo se dio a partir del año 70, cuando los descendientes del rey David tuvieron que pasar a la clandestinidad, debido al intento del emperador Vespasiano por exterminarlos, y con ello aniquilar -desde su raíz- la base del nacionalismo judío.

Eso implica que, hasta el año 70, los descendientes del rey David estaban claramente identificados por la población judía (como Hillel el Grande, por ejemplo). Por lo tanto, no existían dudas sobre quienes podían reclamar el derecho a ser Mesías.

En consecuencia, Yehoshúa no tenía que cumplir ninguna profecía mesiánica para demostrar su legitimidad al trono de David: si era parte de ese linaje, no había modo de cuestionarlo. Si no lo era, no había modo de aceptarlo.

Lo único que tenía que hacer era recibir la unción y, una vez legitimado como Mesías, restaurar plenamente a Israel, y gobernar a su pueblo.

No lo hizo. Por eso, desde la perspectiva judía, no es Mesías.

¿De dónde, entonces, surge la idea de que Yehoshúa cumplió "profecías mesiánicas"? De la doctrina cristiana sobre el Mesías: un ser único y sobrenatural, anunciado por D-os desde el principio de los tiempos y esperado por Israel, siempre bajo los mismos términos.

Dicha idea se consolidó apenas en el siglo II EC, hecho perfectamente verificable en la evidencia documental de los siglos I EC hacia atrás: nadie en el Judaísmo habló de un Mesías que naciera de una virgen, fuera vendido por treinta monedas de plata, pasara su infancia en Egipto, en quien se fusionaran los roles de rey y Sumo Sacerdote, o tuviese cualquier otra de las características supuestamente profetizadas en la Biblia Hebrea.

Toda esa construcción teológica surgió y se desarrolló con el Cristianismo.

¿Por qué el Judaísmo no puede asimilar esa doctrina? Porque el Judaísmo entiende Mesías en un modo concreto: alguien que ha sido uncido como Sumo Sacerdote o como Rey. Por lo tanto, el Judaísmo ha tenido más de 100 Mesías: casi 90 Sumos Sacerdotes y más de 20 reyes del linaje de David, incluyendo a Bar Kojba. Así ha sido desde las épocas de Moisés, y así seguirá siendo.
Por eso, no estamos esperando al Mesías, sino a un Mesías con el que llegará la Redención. En cambio, el Cristianismo reconstruyó todo el concepto para afirmar que siempre se ha esperado al Mesías, y que el único que cumple con el perfil para serlo es Yehoshúa, pese a que nunca recibió la unción, y que no trajo la redención a su gente.

Para el Judaísmo no hay vuelta de hoja: lo que esperamos es la restauración de los dos linajes mesiánicos, y eso implica la manifestación de dos Mesías: el del linaje de Aarón (Sumo Sacerdote) y el del linaje de David (rey). La restauración del linaje aarónico conlleva, según la perspectiva tradicional, la reconstrucción del Templo y de toda la institución sacerdotal judía. Y, naturalmente, aquello que le da razón de ser a toda esta restauración: una era de paz y justicia para toda la humanidad (hay que recalcar: sin esto último, nada de lo anterior tiene sentido).

A los judíos nos queda claro que Yehoshúa no cubre, en absoluto, nada de esta expectativa mesiánica. Y también queda claro que los conceptos mesiánicos del Judaísmo y el Cristianismo son incompatibles. Por eso, es un hecho definitivo que un verdadero judío no puede aceptar a Yehoshúa como Mesías, porque se tiene que rechazar lo que el Judaísmo siempre ha creído.

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