9/17/2011

Antes de que existiera Yeshú, Yeshayahu ya había descrito exactamente lo que haría


La magia, la rebelión y el camino que conduce a la misma puerta

Déjenme empezar con una confesión que puede parecer extraña viniendo de mí: durante mucho tiempo no le presté demasiada atención al tema de la magia y la brujería en el Tanaj. Me parecía un asunto menor, periférico, propio de debates que no llegaban al núcleo de nada importante. Fue sólo cuando empecé a observar con más cuidado cómo operan ciertos movimientos mesiánicos y nazarenos que entendí por qué la Torá trata este tema con una seriedad que va mucho más allá de lo ritual.

La clave está en un versículo de Shmuel Alef que, curiosamente, casi nunca aparece en los debates sobre el tema. No es un versículo que hable de la brujería directamente como práctica prohibida. Es un versículo que revela por qué está prohibida:

כִּי חַטַּאת-קֶסֶם מֶרִי וְאָוֶן וּתְרָפִים הַפְצַר

"Por cuanto la rebelión es como el pecado de la hechicería, y la obstinación es como idolatría y el culto de imágenes..." (Shmuel Alef 15:23)

Noten la dirección del argumento. El texto no dice que la hechicería es mala porque es una rebelión. Dice que la rebelión es tan grave como la hechicería. La brujería funciona aquí como la medida, no como lo medido. Es el punto de referencia desde el cual se entiende la gravedad de la obstinación. ¿Por qué? Porque quien practica la magia, quien se vuelve hacia fuerzas ajenas a D-s —lo que el hebreo llama esh zara, fuego extraño—, está haciendo exactamente lo mismo que quien adora ídolos: está declarando, con sus actos, que hay poderes en el universo que no dependen de D-s ni están subordinados a Él.

Pero hay algo más que la mera rebelión teológica. Hay una dimensión psicológica que Yeshayahu articula con una precisión que me parece notable:

וַתִּבְטְחִי בְרָעָתֵךְ אָמַרְתְּ אֵין רֹאָנִי חָכְמָתֵךְ וְדַעְתֵּךְ הִיא שׁוֹבְבָתֶךְ וַתֹּאמְרִי בְלִבֵּךְ אֲנִי וְאַפְסִי עוֹד

"Tú, que te has sentido segura en tu maldad, y que has dicho: 'Nadie me ve', fuiste pervertida por tu arrogante sabiduría. Y dijiste en tu corazón: 'Yo soy, y no hay ninguna otra aparte de mí.'" (Yeshayahu 47:9-10)

"Yo soy, y no hay ninguna otra aparte de mí." Esa frase, en el contexto de Yeshayahu, es pronunciada por Babilonia la grande. Pero también es, con exactitud filológica, la pretensión del mago: la de alguien que ha experimentado en sí mismo un poder que no reconoce origen divino, que se percibe como canal autónomo de fuerzas prodigiosas, que puede sanar, hacer milagros, expulsar demonios, interceder en el orden natural. El egocentrismo no es un accidente de la brujería. Es su estructura íntima.

Aquí es donde el argumento se vuelve relevante para entender a Yeshú, y quiero ser preciso en lo que digo porque la precisión importa.

La oposición al mensaje de Yeshú no es, en su raíz, diferente a la oposición a cualquier otra forma de idolatría o magia. Lo que el Tanaj describe como rebelión y vanidad —el egocentrismo extremo, el alter ego inflado, la pretensión de operar como canal divino independiente— está presente de manera explícita en los propios textos que sus seguidores consideran sagrados, incluido el llamado Evangelio de Judas, donde su papel egolátrico queda trazado con una claridad que sus propios devotos suelen ignorar. No es que el Judaísmo le imponga desde afuera una categoría que no le corresponde. Es que el propio corpus textual que lo rodea lo ubica exactamente donde el Tanaj ubica al mago: en el lugar del que dice "yo soy, y no hay otro aparte de mí."

Ahora bien. Hay una pregunta honesta que merece una respuesta honesta: ¿tiene la magia alguna realidad efectiva, o es pura ilusión?

El Tanaj no responde esto de manera uniforme, y me parece intelectualmente más serio admitirlo que pretender que la respuesta es simple. Cuando Moshé y Aharón convirtieron sus varas en serpientes ante el Paroh, los magos egipcios hicieron lo mismo:

וַיִּקְרָא גַּם-פַּרְעֹה לַחֲכָמִים וְלַמְכַשְּׁפִים וַיַּעֲשׂוּ גַם-הֵם חַרְטֻמֵּי מִצְרַיִם בְּלַהֲטֵיהֶם כֵּן

"Pero el Paroh llamó enseguida a sus sabios, los magos de Egipto, quienes hicieron los mismos milagros." (Shemot 7:11)

Lo que el texto demuestra aquí no es que la magia sea pura ilusión. Lo que demuestra es que el poder de Moshé y Aharón es cualitativamente superior: su serpiente devoró a todas las demás. La magia egipcia, que llevaba cuatro siglos de práctica ininterrumpida, tiene algún tipo de realidad en el relato bíblico. Pero esa realidad es precisamente lo que la hace peligrosa, no lo que la hace aceptable.

El otro polo de la ambivalencia aparece en Yeshayahu 47:13-14, donde el profeta describe el destino de los astrólogos, adivinos y pronosticadores de Babilonia: "He aquí que serán como hojarasca. El fuego los quemará. No se librarán ellos mismos del poder de la llama." Aquí el énfasis no está en si sus poderes son reales o ficticios, sino en que esos poderes no los salvan. El mago que no puede salvarse a sí mismo con su magia revela, en el momento de la prueba, la naturaleza de lo que practica.

La idolatría, en el sentido que el Rambam desarrolla en el Moreh Nebujim (volumen III, capítulos XXX y XXXVII), no se limita al culto ritual ante una estatua. Abarca un estilo de vida completo: la forma de vestirse, el peinado, los tatuajes, los espacios de entretenimiento, la consulta a hechiceros y adivinos, y también —esto es lo que nos importa— la frecuentación de lo que el Rambam llama "seguir el camino de los goim" en su sentido más amplio. No se trata sólo de postrarse ante un ídolo. Se trata de organizar la propia vida bajo principios que no son los del Tanaj ni de la halajá.

En esa categoría amplia caben las kehilot mesiánicas, los pastores, los llamados "cabalistas" de pacotilla y los "rabinos" mesiánicos o nazarenos que ofrecen a judíos y no judíos la apariencia de una espiritualidad auténtica combinando elementos hebreos con una base cristológica que el Tanaj no reconoce. El Rambam lo diría sin rodeos: se trata de una forma de idolatría que opera bajo disfraz.

Hay una imagen que me parece exacta para describir esto, y es la del texto mismo con el que termino: una "droga blanda" que, por su capacidad de imitar la apariencia de lo genuino, tiene el potencial de conducir gradualmente a dependencias más profundas. La magia, la consulta a fuerzas extrañas, la fe en intermediarios que proclaman poderes divinos propios: todo esto no es inofensivo porque no llegue al nivel del culto ritual explícito. Es peligroso precisamente porque no parece tan serio. Porque tiene la textura de algo espiritual, quizá incluso hebreo en su vocabulario y sus símbolos.

El profeta lo describe con una frase que debería bastar: "Yo soy, y no hay ninguna otra aparte de mí."

Esa frase en boca de Babilonia es la descripción de un imperio que cayó. En boca de cualquier figura que pretenda operar como mediador divino independiente del D-s de Israel, es la descripción de lo mismo.