¿De quién es esta tierra, Su Santidad el Papa?
Por el Rav Shlomoh Aviner Shlit"a.
Una noticia muy llamativa hemos escuchado de la comisión de obispos para los asuntos de Oriente Próximo: la Tierra de Israel no pertenece al Pueblo de Israel.
La conclusión obligada es que nosotros somos responsables de todo el sufrimiento que existe en la región, del que padecen cristianos y musulmanes —y también judíos—. Somos culpables de todo. ¿Y por qué, según el Vaticano?
Porque hemos conquistado una tierra que no nos pertenece. Todo es culpa de la ocupación israelí.
La solución, a su entender: establecer dos Estados, uno para nosotros y otro para los árabes. Es cierto que ellos ya tienen veintidós Estados, cuya extensión es quinientas veces mayor que la de nuestro Estado, pero también quieren la mitad del nuestro.
Y aun así, tampoco esto tiene sentido, pues si esta tierra no es nuestra, sino que la tenemos ocupada, ¿cómo podríamos asentarnos sobre la mitad de ella, o sobre una décima parte? ¿Cómo construir nuestra existencia sobre el robo, el sufrimiento y la injusticia?
Y sin embargo surge una pregunta punzante: tenemos que vérnos con personas que creen en el Tanaj, no con japoneses o chinos. Y en el Tanaj está escrito innumerables veces que Eretz Israel pertenece al Am Israel.
Entonces, ¿cómo determinan ellos que no cabe apoyarse en el Tanaj para justificar el asentamiento del Am Israel en su tierra?
La respuesta es muy sencilla, y la dieron ellos mismos en aquella conferencia: «No existe una Tierra Prometida para el pueblo judío», dado que «ya no existe un pueblo elegido. Todos los hombres y mujeres de todos los países son el pueblo elegido. Por tanto, no se puede usar la idea de la Tierra Prometida para justificar el retorno de los judíos a la Tierra de Israel».
El puñal ha salido de la funda: no somos el Am Hanivjar, no somos el Am Israel. ¿Y quién es el pueblo elegido? Todo el género humano.
Hace tiempo que conocemos este argumento. Está incluso mencionado en el libro Orot de Maran HaRav Kuk:
«El llamamiento a todos los pueblos, hundidos en toda la inmundicia de la impureza, en las más hondas profundidades de la maldad y la ignorancia, en los abismos de las tinieblas más estremecedoras: "Todos vosotros sois santos, todos hijos de Hashem; no hay diferencia entre pueblo y pueblo, no hay pueblo santo y elegido en el mundo, todo ser humano es igualmente sagrado"» (p. 33)
— nos ha sido conocido a lo largo de todas las generaciones. Los católicos incluso sostuvieron que ellos son el Am Israel, si bien no el Am Israel en el cuerpo, sino el Am Israel en el espíritu, pero el verdadero Am Israel, en latín Verus Israel.
Mas ésta es la primera vez en que los católicos proclaman públicamente y ante todos que no tenemos derecho sobre Eretz Israel, porque no somos el Am Israel.
Hasta ahora, el Papa había actuado en las sombras, intentando por todos los medios posibles obstaculizar el nacimiento del Estado de Israel, procurando apoyar por cuantas vías existían a las organizaciones terroristas árabes que querían arrebatarnos nuestra tierra.
Como se ha dicho más arriba, el puñal ha salido de la funda: ya no somos el Am Hanivjar. En otro tiempo lo fuimos, pero ahora ya no. Por tanto, esta tierra no es nuestra. Y, como es natural, según la resolución de la conferencia de obispos, Jerusalén no es nuestra capital, sino una ciudad sagrada para las tres religiones. Y tampoco esto tiene sentido: ¿por qué no ciudad internacional, si no hay pueblo elegido, sino que todo el género humano es el pueblo elegido?
Por ello, declaramos en nombre del Am Israel, en nombre de todo el género humano recto, en nombre de la Historia y en nombre del Ribono Shel Olam: somos el Am Israel, desde tiempos inmemoriales y por siempre jamás, como los días de los cielos sobre la tierra, y como los días de los cielos sobre esta tierra.
