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8/16/2026

El Libro de Jaser de 1887, Confirmación textual, edición apologética y marginalización en el mormonismo temprano, por Neshamot Deot

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EL LIBRO DE JASER DE 1887:

Confirmación textual, edición apologética y marginalización en el mormonismo temprano

Por Neshamot Deot

Introducción

El movimiento de los Santos de los Últimos Días (SUD), desde su surgimiento en la década de 1830, se fundó sobre un paradigma teológico distintivo: la necesidad de restaurar verdades antiguas perdidas o corrompidas mediante revelación divina directa. Esta cosmovisión, articulada inicialmente por Joseph Smith, no solo legitimó la aparición de nuevas escrituras canónicas, sino que generó un entorno cultural y religioso propicio para la recepción de textos que parecían complementar, expandir o confirmar las narrativas bíblicas tradicionales[1]. Dentro de este contexto, la edición de 1887 del Libro de Jaser (Sefer ha-Yashar), publicada en Salt Lake City por J.H. Parry & Company, constituye un caso paradigmático de cómo una comunidad religiosa en fase de institucionalización buscó confirmación doctrinal e histórica a través de obras pseudepigráficas, cómo las editó y promocionó, y por qué, con el tiempo, las marginó progresivamente viendo que no correspondían a su paradigma. Este ensayo explora dicho proceso, atendiendo a los elementos contextuales, editoriales y doctrinales que marcaron su recepción, su edición específica y su posterior abandono.

I. El paradigma de la restauración y la búsqueda de confirmación textual

La teología SUD temprana se caracterizó por un canon abierto y una concepción de la historia sagrada como un registro fragmentado que requería recuperación. El Libro de Mormón, la Traducción Inspirada de la Biblia (JST) y la Perla de Gran Precio operaban bajo la premisa de que Dios había revelado verdades antiguas a profetas modernos, restaurando lo que la "Gran Apostasía" había oscurecido[2]. Este marco generó una sensibilidad particular hacia textos que ofrecían expansiones narrativas de relatos bíblicos escuetos, cronologías detalladas y figuras patriarcales enriquecidas. El Libro de Jaser, mencionado explícitamente en Josué 10:13 y 2 Samuel 1:18, pero ausente del canon judío o cristiano, encajaba perfectamente en este imaginario.

En las primeras décadas del movimiento, la autoridad textual no dependía exclusivamente de la aprobación institucional, sino de la capacidad de un escrito para resonar con la experiencia revelacional, expandir lagunas bíblicas y ofrecer corroboración temática con doctrinas emergentes (genealogías sacerdotales, patriarcas longevos, visiones proféticas, preexistencia, etc.). El Libro de Jaser satisfacía estas expectativas al presentar narrativas ampliadas de Adán, Enoc, Noé, Abraham, Joseph y Moisés, con diálogos, cronologías y detalles dramáticos que la Biblia canónica conocida por el mundo protestante de entonces omitía. No se presentaba como revelación directa, sino como un testimonio histórico antiguo que, según afirmaba su traductor, "[...] ilustra y confirma las grandes verdades registradas en la historia divina". Esta distinción era crucial: en el Utah de finales del siglo XIX, el texto se valoraba como corroboración histórica y pedagógica, no como sustituto de la revelación profética.

II. Reconocimiento, edición y retórica apologética (1887)

La edición de 1887 no fue un proyecto eclesiástico oficial, sino una iniciativa editorial que reflejaba el clima intelectual y apologético de la época. Su portada y estructura paratextual emplean una retórica cuidadosamente calibrada que merece un análisis específico:

  1. Título y afirmación de origen: La portada declara: "Faithfully translated from the original Hebrew into English", y cita explícitamente Josué 10:13 y 2 Samuel 1:18 como justificación escritural de su importancia. Esta formulación buscaba anclar el texto en la tradición bíblica canónica, sugiriendo continuidad con el registro perdido.
  2. Prefacio del traductor: El autor anónimo reconoce abiertamente que el texto "no es una obra inspirada", sino un "[...] monumento de historia, comparativamente cubierto con la hiedra de las edades remotas". Sin embargo, afirma que contiene "evidencia irresistible" de antigüedad y que, salvo "algunas adiciones en tiempos comparativamente modernos", conserva suficiente material para probar que es "una copia del libro referido en Josué y 2 Samuel". Esta declaración equilibra prudencia académica con afirmación apologética: no reclama canonicidad, pero sí valor corroborativo.
  3. Certificados académicos reciclados: La edición incluye cuatro testimonios[3] fechados en 1840 (Isaac Nordheimer, profesor en NYU; H.V. Nathan, ministro judío; Samuel H. Turner y George Bush, del Seminario Teológico de Chelsea Square), republicados en 1887 para otorgar credibilidad. Estos certificados avalan la "pureza del hebreo rabínico", la "fidelidad de la traducción" y la "simplicidad antigua" del texto. En la práctica editorial del siglo XIX, esta técnica era común para legitimar pseudepígrafos; hoy se reconoce que funcionaban más como estrategia retórica que como validación crítica independiente.
  4. Contexto histórico-editorial: Publicado en Salt Lake City por J.H. Parry & Company, el libro emergió en un momento de intensa presión federal contra la práctica de la poligamia (Ley Edmunds-Tucker, 1887). La Iglesia buscaba reforzar su identidad mediante publicaciones que afirmaran la continuidad con el pasado bíblico y la antigüedad de sus estructuras patriarcales. J.H. Parry & Company, imprenta activa en el territorio, respondió a un mercado editorial religioso que valoraba la expansión genealógica, la cronología detallada y la narrativa patriarcal, rasgos que resonaban con la sensibilidad mormona hacia los linajes, los registros sagrados y la restauración de verdades antiguas.

III. Abandono progresivo y marginalización doctrinal

A pesar de su recepción inicial favorable —e incluso de citas ocasionales por parte de algunos líderes como John Taylor en discursos públicos—, el Libro de Jaser nunca fue canonizado ni promovido como escritura inspirada. Su marginalización progresiva obedeció a múltiples factores convergentes, de los cuales se destacan los siguientes:

  1. Ausencia de respaldo profético: Joseph Smith nunca citó el Jaser como revelación, ni lo integró en la Traducción Inspirada de la Biblia. Sin aval profético directo, el texto carecía del marcador teológico que definía las escrituras canónicas SUD.
  2. Crítica académica y anacronismos: Investigaciones posteriores identificaron elementos incompatibles con la antigüedad bíblica: nombres de origen árabe, español o italiano; referencias a pueblos medievales (lombardos, francos); y un estilo lingüístico compatible con el hebreo rabínico medieval o moderno, no bíblico. Además, omite el pasaje de 2 Samuel 1:18 (la instrucción sobre el uso del arco) que la Biblia atribuye explícitamente al Jaser, socavando su pretensión de ser el libro perdido.
  3. Contradicciones canónicas: Un análisis comparativo reveló decenas de elaboraciones no verificables y divergencias cronológicas con el registro bíblico. Para una tradición que valora la coherencia doctrinal y la revelación profética verificable, esto generaba problemas de autoridad.
  4. Maduración hermenéutica: Doctrina y Convenios 91, sobre los libros apócrifos, establece un principio que se aplicó retrospectivamente al Jaser: "[...] hay muchas cosas contenidas en ellos que son verdaderas [...] hay muchas cosas [...] que no son verdaderas". Este principio exigía discernimiento espiritual y aceptación crítica, no lectura acrítica. Con el tiempo, la Iglesia aplicó este filtro al Jaser, reconociendo su valor literario pero rechazando su pretensión histórica o doctrinal.
  5. Institucionalización del canon: La consolidación de las cuatro Obras Estándar (Biblia, Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y Perla de Gran Precio) delineó fronteras canónicas claras. Textos como el Jaser quedaron en una categoría ambigua: útiles para estudio devocional o curiosidad histórica, pero sin autoridad litúrgica, doctrinal o teológica.

IV. Transformaciones contextuales e institucionales

La trayectoria del Libro de Jaser refleja una transformación estructural en el movimiento SUD. En sus primeras décadas, el mormonismo operaba bajo un modelo carismático y restauracionista, donde la autoridad textual podía derivarse de la antigüedad percibida, la expansión narrativa y la confirmación temática con doctrinas emergentes. Con el paso del tiempo, especialmente tras la muerte de Joseph Smith y la migración a Utah, la comunidad transitó hacia un modelo institucional y burocrático. La autoridad se centralizó en el profeta-presidente y en un canon cerrado, mientras que la historiografía y la teología adoptaron criterios más rigurosos de autenticidad y coherencia doctrinal.

El Jaser, producto de un siglo XIX ecléctico en su recepción de pseudepígrafos, resultó incompatible con esta nueva etapa. La Iglesia desarrolló una postura más matizada: reconoció que el Jaser bíblico probablemente era una colección de cantos o crónicas antiguas (posiblemente salomónicas), y que la edición de 1887 era una obra medieval o moderna de valor literario, pero no escritural. Esta evolución no implicó un "rechazo" dogmático, sino una maduración hermenéutica que distinguió entre lo canónico, lo histórico y lo devocional. La prioridad doctrinal se desplazó de la búsqueda de corroboración en textos antiguos hacia la confianza en la revelación profética continua y la autoridad institucional.

Conclusión

La edición mormona de 1887 del Libro de Jaser ilustra cómo una tradición religiosa en fase de consolidación negoció los límites entre la confirmación histórica y la autoridad canónica. Su publicación respondió a necesidades apologéticas, devocionales y editoriales de un movimiento que valoraba la recuperación de verdades antiguas, pero que carecía tanto de las herramientas académicas críticas como del esperado o asumido respaldo profético definitivo para discernir su autenticidad. Sin embargo, para comprender plenamente la magnitud de este episodio, es imperativo desvelar la verdadera genealogía del texto que J.H. Parry & Co. estaba reimprimiendo. La edición de Salt Lake City no era más que una reedición de la traducción al inglés publicada en Nueva York en 1840 por Mordecai Manuel Noah (un político y dramaturgo judeo-estadounidense). Más revelador aún es que el texto hebreo subyacente no era la crónica perdida de la era de Josué, sino un midrash —una exégesis rabínica y homilética— compuesto en el siglo XVI e impreso por primera vez en Venecia en 1625.

Esta apropiación inadvertida de una leyenda medieval tardía pone de manifiesto una vulnerabilidad crónica en el mormonismo temprano y de finales del siglo XIX: una "ansiedad restauracionista" que predisponía a sus líderes y fieles a caer en fraudes, malos entendidos y especulaciones historicistas. La urgencia teológica de validar la historicidad del Libro de Mormón, de reconstruir las "partes perdidas" de los anales sagrados y de hallar pruebas tangibles de la antigüedad de sus doctrinas, generó un severo punto ciego epistemológico. Este mismo ímpetu ingenuo, que en 1842 llevó a la prensa oficial (Times and Seasons) a citar el Jaser como apoyo histórico paralelo al Libro de Abraham, es el mismo que en décadas posteriores llevó a sectores de la Iglesia a abrazar reliquias fabricadas (como los infames "Michigan Relics" de principios del siglo XX) o a buscar correlaciones geográficas y arqueológicas forzadas. El deseo de confirmación material y la obsesión por los "eslabones perdidos" superaban con frecuencia el rigor crítico[4].

Más profundo aún es el error categorial respecto a la tradición judía que el mormonismo afirmaba estar restaurando. La cosmovisión SUD, heredera en gran medida del literalismo protestante decimonónico, carecía del andamiaje conceptual para comprender qué era realmente un midrash. Mientras el judaísmo rabínico concibe estas narrativas como ejercicios exegéticos, alegóricos y didácticos diseñados expresamente para llenar los "espacios en blanco" de la Torá y extraer lecciones morales, los líderes mormones leyeron el Sefer ha-Yashar bajo una lente historicista y empírica. Al no distinguir entre la teología narrativa rabínica y la crónica histórica israelita, proyectaron sus propias expectativas de planchas metálicas, profetas literalistas y registros genealógicos sobre un género literario completamente ajeno a su paradigma. Pretendían restaurar el antiguo Israel, pero lo hacían leyendo textos judíos medievales con los ojos del puritanismo estadounidense.

Lejos de ser un mero "fracaso" textual o editorial, el Jaser funciona hoy como un espejo fascinante de la evolución interna del mormonismo: de la curiosidad restauracionista vulnerable al engaño y al error categorial, hacia la institucionalización doctrinal y la prudencia burocrática que capta el error en el que cayeron inicialmente. Su estudio contemporáneo no busca ya validar su historicidad bíblica, sino comprender cómo las comunidades religiosas construyen, evalúan y, en última instancia, canonizan o marginan sus fuentes sagradas. La marginación final del Jaser, amparada en los principios de Doctrina y Convenios 91: 1-3[5], marca el doloroso pero necesario tránsito de una fe que exigía corroboración en textos antiguos malentendidos, hacia una fe que aprendió a confiar casi exclusivamente en su propia revelación profética continua y en el aislamiento de su canon cerrado que los llevaría, como se sabe, a ese laberinto conceptual del que no salen.

Fuentes de consulta

I. Fuentes primarias, textos canónicos y documentación histórica

  • Biblia sagrada. (s.f.). Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. churchofjesuschrist.org/study/scriptures
  • Doctrina y Convenios. (s.f.). Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. churchofjesuschrist.org/study/scriptures/dc-and-testament
  • Journal of Discourses (Vols. 1-26). (1854-1886). F. D. Richards; Deseret News.
  • La Perla de Gran Precio. (s.f.). Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. churchofjesuschrist.org/study/scriptures/pgp
  • Noah, M. M. (1840). Sefer Ha-yashar, or, The Book of Jasher: Referred to in Joshua and Second Samuel. W. R. Gould.
  • Sefer ha-Yashar [The Book of Jasher]. (1887). J. H. Parry & Company. [Reimpresión mormona de la traducción al inglés de M. M. Noah de 1840]. books.google.com
  • Times and Seasons, 3(21), 902. (1842, 1 de septiembre). [Artículo sobre el Libro de Jaser]. Nauvoo, IL.

II. Fuentes secundarias y literatura académica

  • Arrington, L. J., & Bitton, D. (1992). The Mormon experience: A history of the Latter-day Saints (2.ª ed.). University of Illinois Press.
  • Brandt, E. H. (1981, enero). The Book of Jasher: Is it scripture? Ensign, 68-69. churchofjesuschrist.org
  • Bushman, R. L. (2005). Joseph Smith: Rough stone rolling. Alfred A. Knopf.
  • Casper, S. E., & Gross, S. (Eds.). (2011). The history of the book in America, Vol. 3: The industrial book, 1840-1880. University of North Carolina Press.
  • Charlesworth, J. H. (Ed.). (1983-1985). The Old Testament pseudepigrapha (Vols. 1-2). Doubleday.
  • Davies, P. R. (1998). Scribes and schools: The canonization of the Hebrew Scriptures. Westminster John Knox Press.
  • Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). (2014). Real Academia Española. dle.rae.es
  • Encyclopaedia Judaica (2.ª ed.). (2007). Thomson Gale.
  • Givens, T. L. (2009). Wrestling with angels: What Latter-day Saints believe about the nature and role of the divine. Oxford University Press.
  • Grow, M. J., Parkin, R. E., & Staker, S. C. (Eds.). (2012). The Joseph Smith papers: Documents, Vol. 1: July 1828-June 1831. Church Historian's Press.
  • Kimball, S. B. (1981, agosto). Kinderhook plates. Ensign. churchofjesuschrist.org
  • Kugel, J. L. (2007). How to read the Bible: A guide to Scripture, then and now. Free Press.
  • Nickelsburg, G. W. E. (2005). Jewish literature between the Bible and the Mishnah: A historical and literary introduction (2.ª ed.). Fortress Press.
  • Noll, M. A. (1992). A history of Christianity in the United States and Canada. Wm. B. Eerdmans Publishing.
  • The Oxford dictionary of the Christian Church (3.ª ed. rev.). (2005). Oxford University Press.
  • Quinn, D. M. (1994). The Mormon hierarchy: Origins of power. Signature Books.
  • Schiffman, L. H., & VanderKam, J. C. (Eds.). (2008). Encyclopedia of the Dead Sea Scrolls. Oxford University Press.
  • Shields, D. S. (1997). Civil tongues: Politeness, letter-writing, and the invention of the American public sphere. University of North Carolina Press.
  • Sillitoe, L., & Roberts, A. (1988). Salamander: The story of Mark Hofmann and the Mormon forgery murders. Signature Books.
  • Stamps, R. B. (2001). Tools leave marks: Material analysis of the Scotford County, Michigan, archaeological frauds. BYU Studies, 40(3).

Notas

  1. Sobre este tema ya está en preparación un documento que espero publicar pronto aquí en Oraj HaEmeth, intitulado "La literatura paramormona: Proliferación de textos sagrados alternativos en el entorno mormón (siglos XIX-XXI)". ↩
  2. En este grupo de texto no entra el otro libro canónico de algunos movimientos mormones y de la Iglesia SUD, Doctrina y Convenios, ya que se trata de las revelaciones modernas supuestamente recibidas por Joseph Smith y constituyen "[...] una colección de revelaciones divinas y declaraciones inspiradas que se han dado para el establecimiento y la regulación del reino de Dios sobre la tierra en los días postreros" (Introducción a Doctrinas y Convenios, en: churchofjesuschrist.org, consultado 14/06/2026). ↩
  3. El papel del testimonio como método de confirmación en la literatura mormona es un elemento estructural para la cualificación de sus doctrinas y rituales. ↩
  4. Esta "ansiedad restauracionista" por obtener validación material de las narrativas sagradas ha hecho que, en diversos momentos de su historia, líderes e instituciones mormonas sean vulnerables al sesgo de confirmación, abrazando artefactos espurios o fraudes documentales que parecían corroborar el relato canónico. Entre los casos historiográficamente más documentados destacan: (1) Las Placas de Kinderhook (1843): seis pequeñas placas de latón fabricadas por habitantes de Illinois para poner a prueba a Joseph Smith. Según los diarios de la época y el periódico Times and Seasons, Smith intentó traducir una porción identificándola como el registro de un descendiente de Cam. Análisis metalúrgicos modernos han confirmado que fueron grabadas con técnicas del siglo XIX (Stanley B. Kimball, "Kinderhook Plates", Ensign, agosto de 1981). (2) Las Reliquias de Michigan (1890-1920): cientos de tabletas de arcilla, pipas y artefactos de cobre (conocidos como los Scotford Relics) plantados en túmulos nativos. Durante décadas, publicaciones oficiales como la Improvement Era debatieron su autenticidad como posibles reliquias jareditas o nefitas. No fue hasta la intervención de autoridades con formación científica, como el élder James E. Talmage y B.H. Roberts, que la Iglesia las rechazó oficialmente como fraudes modernos (Richard B. Stamps, "Tools Leave Marks: Material Analysis of the Scotford County, Michigan, Archaeological Frauds", BYU Studies 40, n.º 3 [2001]). (3) Las falsificaciones de Mark Hofmann (década de 1980): quizás el fraude documental más dañino en la historia institucional SUD. Los Archivos de la Iglesia adquirieron por sumas considerables documentos falsificados por Hofmann, siendo el más infame la "Carta de la Salamandra". Esta falsificación obligó a los apologistas mormones a reescribir temporalmente la historia de José Smith para acomodarla a una narrativa de "magia folclórica", hasta que los asesinatos cometidos por Hofmann para encubrir su estafa salieron a la luz (Linda Sillitoe y Allen Roberts, Salamander: The Story of Mark Hofmann and the Mormon Forgery Murders [Salt Lake City: Signature Books, 1988]). Estos episodios, sumados a la apropiación acrítica de midrashim medievales como el Libro de Jaser, evidencian un patrón histórico donde la urgencia teológica por hallar "eslabones perdidos" superó sistemáticamente el rigor crítico, una vulnerabilidad que la institución solo comenzó a mitigar con la profesionalización de sus departamentos de historia a finales del siglo XX. ↩
  5. Pasaje que dice: "De cierto, así dice el Señor concerniente a los libros apócrifos: Contienen muchas cosas verdaderas, y en su mayoría se han traducido correctamente; hay muchas cosas en ellos que no son verdaderas, que son interpolaciones de los hombres. De cierto os digo, que no es necesario que los libros apócrifos sean traducidos". ↩