El archipiélago de la plausibilidad: semitas en América como imaginario apologético en la "erudición" mormona
Por Neshamot Deot
Introducción
La pregunta por el origen de los pueblos indígenas americanos ha obsesionado a la teología, la historia y la antropología desde el siglo XVI. Dentro del marco del cristianismo bíblico, una de las respuestas más duraderas fue la identificación de los nativos americanos con las «diez tribus perdidas de Israel» —aquel conjunto de tribus del norte que, tras la conquista asiria del 722 a.C., desaparecieron del relato bíblico y se asumió que habían emigrado a tierras lejanas. Esta teoría, conocida en inglés como la Hebraic Indian Theory, sirvió para justificar la evangelización, la tortura por herejía, la colonización y, más tarde, para alimentar un imaginario de origen noble para los pueblos americanos.
Sin embargo, contrario a lo que popularmente se piensa, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (SUD) no se identifica a sí misma como descendiente directa de esas diez tribus perdidas. Su doctrina sitúa a sus miembros (mayoritariamente de ascendencia europea) dentro de la «casa de Israel» principalmente a través de las tribus de Efraín y Manasés, en el contexto de la «reunión de Israel» previa al milenio. El Libro de Mormón, por su parte, no habla de las diez tribus exiliadas por Asiria; describe grupos israelitas que emigraron de Jerusalén antes de ese exilio: la familia de Lehi (ca. 600 a.C.), el grupo de Mulek (poco después), y los jareditas (mucho antes, en la época de la torre de Babel). Por lo tanto, en la doctrina SUD, la presencia de semitas en América no se fundamenta en las diez tribus perdidas, sino en migraciones previas y específicas.
No obstante, lo que resulta fascinante desde un punto de vista antropológico es que la estructura narrativa del imaginario de las «tribus perdidas» —israelitas que llegan a un continente remoto, conservan rasgos culturales y religiosos distintivos, luego se mezclan con poblaciones nativas y finalmente «desaparecen» como entidad identificable— se reproduce casi intacta en la literatura apologética SUD. La diferencia es que los nombres cambian: no son las diez tribus, sino los grupos fabulados por Joseph Smith, es decir nefitas, lamanitas, jareditas y mulekitas.
Considerando esto, el presente ensayo busca precisamente resaltar cómo los académicos SUD, quienes publican en revistas como el Journal of the Book of Mormon and Other Restoration Scripture o Journal of Book of Mormon Studies, movilizan estudios arqueológicos, lingüísticos, epigráficos, geográficos y cartográficos para argumentar, sugerir o incluso «comprobar» la presencia de semitas en América precolombina, a fin de aportar una presunta validez y confirmación científica a su doctrina, siendo esto uno de los ejemplos típicos de la manipulación de datos con fines propagandísticos y/o proselitistas.
A partir del análisis detallado de una veintena de artículos publicados entre 1979 y 2015, este ensayo sostiene que estos estudios no ofrecen una prueba directa e incontrovertible, sino que construyen lo que denominaré un «archipiélago de plausibilidad»: un conjunto de islotes de evidencia (topónimos, figurillas barbadas, sistemas de escritura híbridos, armas mesoamericanas, paralelos poéticos) que, conectados por una interpretación apologética, dibujan un territorio donde la presencia israelita precolombina es posible, verosímil y, para los creyentes, probable. Este archipiélago no opera como ciencia normal, sino como un régimen híbrido pseudocientífico donde la fe establece las premisas y la ciencia es convocada para construir plausibilidad, refutar objeciones y, sobre todo, demostrar que el texto sagrado podría llegar a ser histórico dentro de los marcos aceptados por la academia secular.
1. El contexto epistemológico: Un régimen híbrido
Antes de examinar las pruebas concretas, es necesario comprender las reglas del juego en el que se inscriben estos artículos. La apologética académica SUD opera con al menos cinco reglas implícitas en su estructura argumentativa:
La fe como marco, no como conclusión. La historicidad del Libro de Mormón es una premisa revelada que organiza la investigación, no una hipótesis que se prueba o refuta. La ciencia puede apoyar o no contradecir, pero no puede fundamentar últimamente la creencia. Como escriben Pike y Seely (2005, p. 25): «Todos los estudiantes del Libro de Mormón deberían comprender […] el papel que juega la fe de uno en su enfoque e interpretación de la evidencia textual».
La convergencia como estándar de plausibilidad. No se exige una prueba única e incontrovertible, sino la acumulación de múltiples líneas de evidencia independientes que convergen hacia la misma conclusión. John E. Clark (2005, p. 43) lo formula como un argumento de improbabilidad: «Cuanto más baja es la probabilidad de que Joseph Smith pudiera haber adivinado un hecho futuro, más fuerte es la probabilidad de que recibió la información de una fuente divina».
La humildad epistémica como escudo. Los autores reconocen sistemáticamente que las limitaciones del registro arqueológico («menos del 1% de los sitios mesoamericanos han sido excavados», escribe Wright, 2013, p. 7) incrementan la provisionalidad de las interpretaciones y la posibilidad de error. Esta humildad no es una debilidad reconocida, sino una inmunización estratégica: si no se encuentra evidencia, se debe a la incompletitud del registro; si se encuentra, es confirmación. Y en ese sentido opera como un sesgo cognitivo.
El texto como árbitro final. A pesar de la apelación a la ciencia, el criterio último de validación es interno al texto sagrado, es este el que manda y no las evidencias. Clark (2011, p. 14) es explícito: «El Libro de Mormón debe ser el árbitro final y más importante para decidir la corrección de una geografía dada; de lo contrario, seremos para siempre rehenes de las arenas movedizas de la opinión experta».
La distinción entre «prueba» y «plausibilidad». Los autores evitan sistemáticamente afirmar que la ciencia «prueba» el Libro de Mormón. En su lugar, emplean términos como «convergencia», «correspondencia», «plausibilidad», «consistencia». Esta cautela terminológica mantiene la puerta abierta a la fe como fuente última de certeza, al tiempo que reclama para la ciencia un papel de confirmación secundaria.
Con estas reglas en mente, examinemos las principales categorías de evidencia que estos artículos presentan como indicios de presencia semita en América.
2. Las categorías de evidencia: Un archipiélago de plausibilidad
2.1 Toponimia árabe: Nahom como anclaje geográfico
Uno de los casos más celebrados en la literatura apologética es el de Nahom. En 1 Nefi 16:34 se relata que, durante el viaje de la familia de Lehi por la península arábiga, Ismael murió y fue enterrado en un lugar «que se llamaba Nahom». James Gee (2008) documenta que varios mapas europeos de los siglos XVIII y XIX —elaborados por cartógrafos de prestigio como D'Anville, Niebuhr, Bonne y Cary— señalan un distrito llamado Nehem o Nahom en el suroeste de Arabia, en una ubicación compatible con el relato: «La mención de Nahom en los mejores mapas de los más grandes cartógrafos de la época, en una ubicación que corresponde al relato de Lehí, da credibilidad a los viajes de Lehí» (Gee, 2008, p. 40).
La estrategia apologética aquí es triple. Primero, se apela a la autoridad por reputación: D'Anville era conocido por incluir solo información verificada. Segundo, se enfatiza la dificultad de la falsificación: ningún autor del siglo XIX —y mucho menos Joseph Smith— podría haber inventado un topónimo árabe que aparecería décadas después en mapas europeos basados en expediciones reales. Tercero, se opera un desplazamiento del escándalo: el hecho de que Nahom sea un nombre árabe y no hebreo no es un problema, sino un «indicador de autenticidad» (Chadwick, 2006, p. 73), ya que Nefi señala que el lugar «se llamaba» así, presumiblemente por la población local.
Sin embargo, desde una perspectiva crítica, este argumento prueba que existía un topónimo Nahom en Arabia, pero no prueba que la familia de Lehi pasara por allí ni que Ismael fuera enterrado en ese lugar. La conexión entre el topónimo y el texto sagrado es una inferencia que depende de la premisa de que el Libro de Mormón es histórico. El archipiélago añade un islote, pero no un puente que conecte.
2.2 Lingüística y epigrafía: El «egipcio reformado» como práctica documentada
Una de las críticas más tempranas al Libro de Mormón fue su afirmación de que estaba escrito en «egipcio reformado» para registrar un idioma semítico (hebreo). Los críticos del siglo XIX consideraban esta idea un disparate. John A. Tvedtnes y Stephen D. Ricks (1996) responden movilizando hallazgos epigráficos del siglo XX: el Papiro Amherst 63 (un texto del siglo II a.C. escrito en demótico egipcio pero cuyo idioma subyacente es arameo, incluyendo una versión del Salmo 20) y ostraca de Tel Arad y Kadesh-Barnea donde escribas israelitas mezclaban escritura jerática egipcia con texto hebreo. Para estos autores: «La implicación es clara: los escribas o estudiantes contemporáneos o casi contemporáneos a Lehi estaban siendo entrenados en los sistemas de escritura hebreo y egipcio. El uso de la escritura egipcia por los descendientes de Lehi ahora se vuelve no solo plausible, sino perfectamente razonable […]» (Tvedtnes & Ricks, 1996, p. 160).
Papiro Amherst 63.41
Ostraca de Tel Arad y Kadesh-Barnea (Anverso del ostracón de Arad)2
Nótese el engañoso movimiento argumentativo: de la «plausibilidad» se pasa a lo «perfectamente razonable». El artículo no demuestra que el «egipcio reformado» del Libro de Mormón sea idéntico a las prácticas documentadas; solo pretende demostrar (sin hacerlo, queda claro) que la idea general de escribir una lengua semítica con caracteres egipcios no es anacrónica. La apologética opera por analogía tipológica, no por identidad histórica. Pero para el lector SUD, esta analogía es suficiente para hacerla equivalente a la idea contenida en la creencia: se ha eliminado una objeción, se ha abierto un espacio de verosimilitud en el que la creencia en la doctrina al entrar domina.
2.3 Arqueología de rasgos físicos: Figuras barbadas como marcadores étnicos
Uno de los argumentos más directos —y también más frágiles— es el que presenta Magleby (1979) en un informe preliminar de FARMS3. El autor recopila figurillas mesoamericanas que representan hombres con barba —un rasgo poco común entre las poblaciones nativas americanas, que generalmente carecen de vello facial abundante— y las interpreta como evidencia de la presencia de inmigrantes israelitas (jareditas, mulekitas, nefitas), que habrían traído la costumbre de usar barba o de representarla ritualmente. Ante esto, se pregunta: «¿Existió alguna vez una raza de hombres barbados que habitara las Américas?» (Magleby, 1979, p. 4). Y responde: «Los grupos mulekita y nefitalamanita eran israelitas de Palestina (sic) que trajeron consigo tradiciones culturales y rituales muy desarrollados asociados con las barbas» (p. 6).
El relato de asimilación y dilución genética completa el cuadro: «A medida que avanzaba la era clásica, el acervo genético traído por los inmigrantes barbados originales se fue diluyendo […] Para el final del período Preclásico, este grupo barbado se había asimilado tanto cultural como biológicamente al entorno nativo mesoamericano» (p. 40).
Este argumento es paradigmático del imaginario de las «tribus perdidas»: un grupo étnico distinto (con barba) llega, se establece como élite, deja huellas arqueológicas y luego se diluye en la población mayoritaria. La crítica obvia es que las figuras barbadas podrían tener explicaciones alternativas (estilización artística, representación de dioses, influencias de otras culturas) y que la presencia de barba en unas pocas figurillas no prueba un origen israelita.
2.4 Cultura material bélica: El macuahuitl como «espada» nefita
Otra objeción clásica a la historicidad del Libro de Mormón es la ausencia de espadas de metal en Mesoamérica, mientras que el texto menciona repetidamente «espadas» en contextos de guerra. Matthew Roper (1996) responde documentando que los cronistas españoles del siglo XVI —testigos presenciales del combate— denominaron sistemáticamente «espada» al macuahuitl, un arma de madera con navajas de obsidiana incrustadas. Este autor nos dice: «Es notable que los primeros cronistas de la cultura mesoamericana, como Durán y Clavijero, describan sin reparos esta arma como una espada. Los historiadores mesoamericanos modernos comúnmente usan terminología similar» (Roper, 1996, p. 150).
Roper cita a Colón, Bernal Díaz del Castillo y Cortés describiendo la letalidad del arma —capaz de decapitar caballos y cortar armaduras— y concluye que el término «espada» es funcionalmente apropiado. Así, la objeción se disuelve: no hace falta que los nefitas tuvieran espadas de acero; el macuahuitl cumple el mismo rol.
Nuevamente, el argumento no prueba que los nefitas existieran; prueba que en Mesoamérica había un arma que los españoles llamaban espada pero que en poco se parecía a las espadas europeas. La conexión con el Libro de Mormón es analógica, no demostrativa. Pero en el régimen híbrido, eliminar una objeción es casi tan valioso como aportar una prueba positiva.
Un macuahuitl4
2.5 Cultura simbólica y poética: Estandartes, títulos de libertad y el dios del maíz
Kerry Hull (2015) lleva la analogía a un nivel más sofisticado. En lugar de buscar objetos, busca estructuras de significado. Hull demuestra que en el mundo maya el término lakam significa simultáneamente «estandarte/bandera» y «piedra grande/estela», y que el término sinónimo «plantó/enarboló» en Alma 46 (donde Moroni erige el «título de libertad») tiene un paralelo exacto en la frase jeroglífica maya u-tz'apaw u-lakam-tuun («plantó su piedra-estandarte»). Nos dice Hull: «La presencia en el Libro de Mormón de la terminología precisa y la estructura de copleto asociada con la erección de piedras-estandarte en la sociedad maya del Clásico Tardío es extraordinaria» (Hull, 2015, p. 116).
Hull no afirma que los mayas fueran nefitas; más bien sugiere que los pueblos del Libro de Mormón, al vivir en Mesoamérica, adoptaron prácticas culturales locales, y que el texto refleja ese entorno. Es un argumento de «encaje contextual»: el relato de Moroni tiene sentido pleno solo si se lee a la luz de las tradiciones mesoamericanas de estandartes de guerra.
Por su parte, Diane Wirth (2002) explora paralelos entre Quetzalcóatl, el dios Maya del Maíz y Jesucristo. Distingue entre asociaciones «cuestionables» (nacimiento virginal, Venus) y asociaciones «plausibles» (participación en la creación, pan de vida, derramamiento de sangre, muerte en un árbol, resurrección). Concluye que «hay vínculos plausibles» (p. 14) y que las tradiciones mesoamericanas podrían conservar ecos del evangelio, ya sea por la visita de Cristo a América (3 Nefi) o por la herencia israelita de los pueblos del Libro de Mormón. Ambos artículos construyen un campo de resonancias donde el texto sagrado y la cultura mesoamericana antigua conversan en un diálogo de símbolos analogizados sin rigor. No demuestran ninguna presencia semita, pero la hacen menos extraña, más orgánica.
2.6 Geografía interna: Mesoamérica como escenario
Finalmente, varios autores (especialmente John E. Clark) han dedicado esfuerzos a demostrar que la geografía descrita en el Libro de Mormón —con su río Sidón, su «cuello estrecho» entre dos mares, sus tierras del norte y del sur, sus distancias medidas en días de viaje— corresponde mejor a Mesoamérica que a cualquier otra región. Clark (2005, 2011) propone una «clave interna» de diez criterios que cualquier geografía externa debe cumplir, y sostiene que el modelo mesoamericano los satisface. Asegura: «El corolario principal de una geografía limitada es que los pueblos del Libro de Mormón no estaban solos en el continente. Por lo tanto, para verificar correspondencias, uno debe encontrar el lugar y los pueblos correctos» (Clark, 2005, p. 48).
Si se acepta que los eventos ocurrieron en Mesoamérica, entonces los pueblos israelitas del Libro de Mormón estuvieron allí. La arqueología mesoamericana no prueba directamente el origen israelita, pero proporciona un anclaje geográfico para ese origen. Es un paso necesario, aunque no suficiente. Pero esa forma de razonar se funda en el absurdo.
3. Estrategias retóricas y epistemológicas: Cómo se construye la plausibilidad
Más allá de las evidencias concretas, lo que interesa a un análisis antropológico de las afirmaciones mormonas son las operaciones discursivas que convierten un conjunto de datos dispersos en un argumento coherente. A lo largo de estos artículos, se identifican al menos seis estrategias recurrentes: La sinécdoque arqueológica, la analogía tipológica, la refutación de objeciones como prueba positiva, la humildad epistémica estratégica, la inversión de la carga de la prueba, la narrativa de asimilación y pérdida. Veamos cada una de ellas.
3.1 La sinécdoque arqueológica
Un rasgo aislado (una figurilla barbada, un topónimo en un mapa, una palabra maya) se toma como «evidencia» de una realidad mucho mayor (la presencia de israelitas en América). La parte representa al todo, y la existencia de esa parte legitima la creencia en el todo.
3.2 La analogía tipológica
Se demuestra que en el antiguo Cercano Oriente existía una práctica similar a la descrita en el Libro de Mormón (escribir semítico en caracteres egipcios, usar estandartes de guerra, etc.), y se concluye que la práctica en el texto no es anacrónica. La analogía no prueba identidad, pero crea un espacio de posibilidad.
3.3 La refutación de objeciones como prueba positiva
Demostrar que una objeción clásica (no hay espadas en Mesoamérica, no se escribía semítico en egipcio, no hay Nahom en Arabia) es falsa o exagerada se presenta como un avance en la demostración de la historicidad. En el régimen híbrido, eliminar un obstáculo es casi equivalente a construir un argumento a favor.
3.4 La humildad epistémica estratégica
Los autores reconocen las limitaciones del registro arqueológico («menos del 1% excavado») y la provisionalidad de las interpretaciones. Esta humildad desactiva las críticas: si no hay evidencia, es porque no se ha excavado; si hay evidencia, es confirmación. El escudo protege al núcleo de la creencia.
3.5 La inversión de la carga de la prueba
Frases como «la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia» (Clark, 2005, p. 59) desplazan la carga hacia el escéptico. No se requiere probar positivamente la presencia israelita; basta con mostrar que no se puede probar su ausencia. Este movimiento es central en el archipiélago: la plausibilidad se construye sobre la imposibilidad de la falsación.
3.6 La narrativa de asimilación y pérdida
Un elemento recurrente es la idea de que los israelitas llegados a América se mezclaron con las poblaciones nativas hasta perder sus rasgos distintivos (barbas, escritura, religión). Esto explica por qué no encontramos hoy evidencia genética o arqueológica clara: fue diluida. Es una jugada de inmunización perfecta: la ausencia de evidencia se reinterpreta como evidencia del proceso de asimilación.
4. La función del discurso: Imaginario de «Israelitas perdidos en América»
¿Qué trabajo cultural realiza este archipiélago de plausibilidad? A mi juicio, cumple al menos cuatro funciones para la comunidad SUD:
Legitima la historicidad del Libro de Mormón ante los propios creyentes. Muchos miembros SUD se enfrentan a críticas seculares o evidencia contradictoria (genética, arqueológica, histórica, lingüística). Estos artículos ofrecen un arsenal de respuestas que permiten mantener la fe sin sentirse ingenuos o antiintelectuales.
Permite a la comunidad participar del discurso académico secular. Al adoptar la forma de la ciencia (citas, datos, gráficos, cautelas metodológicas), los apologetas SUD pueden sentarse en la misma mesa que los arqueólogos e historiadores, aunque jueguen con reglas distintas en su método y epistemología. Esto otorga prestigio y legitimidad externa.
Sacraliza el territorio americano. Mesoamérica deja de ser solo un lugar con ruinas y se convierte en un espacio bíblico habitado por descendientes de Israel, testigos de la visita de Cristo, escenario de una historia sagrada paralela a la del Viejo Mundo. La arqueología de este modo se vuelve teología mormona.
Ofrece una identidad de origen para los pueblos indígenas desde una perspectiva SUD. Aunque los mormones no se identifiquen con las diez tribus, el relato de que los nativos americanos descienden en parte de israelitas (lamanitas, nefitas) proporciona un linaje noble y una historia de caída y restauración que fundamenta la misión de la Iglesia hacia ellos.
Conclusión: El Archipiélago como Dispositivo Semiótico
Los artículos examinados no prueban, en el sentido positivista del término, que hubiera semitas en América precolombina. Las figurillas barbadas podrían tener otras explicaciones; el topónimo Nahom no prueba el paso de Lehi; el paralelo entre lakam y el título de libertad es sugerente pero no vinculante; las espadas de madera no son espadas de metal. Sin embargo, la fuerza de este discurso no reside en la solidez de cada islote por separado, sino en la red de relaciones que se teje entre ellos. Cada pieza de evidencia es débil; pero al conectarse, forman un archipiélago que, para quien ya habita en el mar de la fe, parece un territorio sólido.
Desde una perspectiva antropológica, lo relevante no es declarar si estas afirmaciones son «verdaderas» o «falsas», sino comprender cómo funcionan como dispositivo semiótico que transforma la fe en conocimiento, la revelación en evidencia, y la autoridad profética en argumentación académica. Este régimen híbrido no es un fracaso de la ciencia ni una impostura en sí; es un fenómeno cultural fascinante que muestra cómo las comunidades religiosas pueden apropiarse de los métodos y el prestigio de la ciencia sin abandonar sus premisas fundamentales, pero sobre todo como en su afán proselitista fuerzan las evidencias (abundantes o escazas) a fin de favorecer su doctrina.
Referencias
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Footnotes
Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Papyrus_Amherst_63#/media/File:Papyrus_Amherst_63.4.jpg ↩
Las siglas corresponden a la Foundation for Ancient Research and Mormon Studies (Fundación para la Investigación Antigua y los Estudios Mormones). ↩
Fuente: https://nobliecustomknives.com/es/macuahuitl-the-complete-guide-to-the-aztec-obsidian-sword/ ↩